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Insomnio

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A saber qué día y quién. Salí de casa buscando la sensación de los adoquines después de maldecirme por perder quince minutos buscando un ficticio papelillo de reserva. Me fastidió que aquel barrio antiguo no fuese lo suficiente antiguo, y que aquellas fuentes no fuesen lo suficiente bellas, y que aquel perro no fuese lo suficiente canoso y terco como el reflejo de mi tristeza. Mueca en faz; giré la esquina y baje la calle comportándome como una bruja con los niños, y maldije sus juegos y sus risas mientras despeinaba mi melena cobriza entre graznidos, y propine sonora colleja al que parecía más indefenso y sorprendido. Continuar leyendo

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Pensando frente a la fiera

Tal día como mañana me sentiré andante. Saldré a pasear, me temo, por el bosque de los charcos breves, y descansaré la vista sobre el horizonte vertical de la troncalidad sedante. Me arremangaré hasta el codo, me pondré los guantes; calzaré las botas altas de goma amarilla y el pantalón respuesta. Seré la sonrisa del iluso hijo de un mercado, y quizá, si hay pan caliente en la mañana, alargaré mi paseo hasta jornada bebiendo vino joven de bodeguero torpe. Me dejaré seducir por la incredulidad, pese a conocer mil árboles, y abriré sendas para que mi leve mochila las cierre, mas no pretenderé no haber partido, sino ser habladuría de pimpollos y ratones. Seré el paso mas lento del cornudo peloteo. Continuar leyendo


Vino viejo

Las calles de Londres se me antojan grises y frías, más aun en la noche, y no me place recorrer sus tejados aun abrigado bajo mi gruesa túnica. Mis piernas me impulsan dando saltos,  alternan su apoyo entre azoteas,  cornisas, mástiles o chimeneas;  cruzo la ciudad avanzando en dirección noroeste, aunque lentamente, esta noche estoy un tanto caviloso y somnoliento. Atravieso Greenwich esquivando las múltiples cuerdas, cables y antenas que pueblan los húmedos tejados, cuando, peligrosamente cerca, percibo el sonido que produce el imponente Támesis. En cuestión de saltos,  el reflejo que la intensa iluminación londinense arroja  sobre la superficie del agua me deslumbra por completo, evitando que salte hacia ella aun aturdido.  Los Sabak contamos con un sentido de la vista muy desarrollado y los cambios repentinos de luminosidad pueden cegarnos fácilmente, nuestro oído, en cambio, no es mas fino que el de cualquier humano, aunque si nuestro olfato.  Siguiendo mi camino, comienzo a remontar  la ribera sur del rio en dirección oeste, hasta dar con el paso subterráneo de Rotherbithe Túnel. Desde la azotea de un edificio adyacente observo como la boca del túnel se hunde profundamente bajo el inmenso cauce. Continuar leyendo


Sueño de buenos

Los buenos, suelen pacer en rebaños tranquilos, interesados en el forraje y en los prados, en que no falte agua ni sombra, en que la tormenta no les pille sin un techo a mano. Parece que piensen mientras rumian, parece que paguen por el prado, parece que vistan con las manos, y que no haya un amo. La vida les resulta sencilla, caminan convencidos de que el mundo es a su imagen y semejanza, que los seres vivos son placidos y habladores, en el peor de los casos algo egoístas. Su obtusa tranquilidad desprende una convicción fuerte: que los enemigos hay que creárselos,  que las historias que se ven o se oyen son cosa de locos, que algún sinsentido se ha apoderado de los protagonistas, una minoría, en una locura destructiva y atroz, y que en realidad hay justicia y paz a pie de calle. Continuar leyendo


>Del tóxico gris.

Desvío la mirada cuando pasa, sus ojos son solo un recuerdo; el más vivo en mi memoria desde entonces. Siento estremecer mi cuerpo cuando cruza la calle, entonces si miro, cobarde e inútil miro. No sabría decir si fue solo por miedo, si mis mentiras fueron solo eso. No hay vuelta atrás.

El sol despunta tras la montaña, la fría noche se desvanece y me alegro de abandonar el letargo, la temperatura permite ahora sobrevivir sin el abrigo de las múltiples mantas bajo las que reposa mi cuerpo, lentamente me desprendo de ellas disfrutando del contacto de mis pies con el frio suelo, mientras dura la búsqueda ciega de mis zapatillas. Estos son los mejores minutos del día, pero tras el fugaz instante de mediocridad, el sufrimiento vuelve, mi cara vuelve a esgrimir “esa” mueca y mi cerebro se reactiva desvelándome en uno instantes la realidad de mi bien más preciado. Niego la razón que me trajo aquí y, tras unos segundos, asumo para que vine. Me obligo a asearme para que nadie lo haga por mí, utilizo la pastilla de jabón que hay en baño común, blanca, inodora e insípida: me lavo las manos, la cara y el cuello y siento que el agua fría es mi horizonte cada mañana. Inmediatamente después me visto con la ropa unisex que me proporciona la institución, lo hago deprisa, retrasarse resulta aquí un gran inconveniente; arrastro los pies fuera del dormitorio. Comienza un nuevo día, y se acabo el tiempo para pensar. Continuar leyendo


>Anónimo lunes

Legañosos párpados, cuales indecisas persianas, permiten el paso de la luz ahora si, ahora no. Faustino lucha contra su peso durante unos minutos, si no consigue vencer, repite buena parte de la mañana más tarde. Retira el edredón lentamente y se incorpora, a veces es el frio suelo quien le devuelve a la tejida nube. Inexplicablemente, no es una opción para este estúpido dormilón alcanzar la plena consciencia vespertina con calzado alguno. Con los únicos estímulos del frio entre sus dedos y las ganas de orinar, alcanza el baño. Aliviado y despeinado se introduce en la ducha y acciona el grifo, el agua cae sobre su cabeza y la mecánica de su cerebro se acciona, lentamente. En el momento en que el agua, habiendo recorrido todo su cuerpo, toca el suelo, recuerda que una vez más no ha preparado toalla ni ropa limpia. Continuar leyendo