Uno de los míos

Al final es sólo una perspectiva, una prioridad involuntaria, una forma de vivir. La gente como yo siente curiosidad por el fondo, por tocarlo, por sentirlo. Somos irrecuperables, dicen, trauma en la intuición, defecto de fábrica. Vivimos huyendo de un aburrimiento que parece avanzar cubriéndolo todo, cómo musgo sobre tumbas. Hemos decido poner nuestro empeño en celebrar un fracaso inevitable; meterle un par de focos, una banda sonora y un falso sentido al evento de ese edificio que está a punto de derrumbarse.

Nos resulta difícil comprender los problemas psicológicos, nosotros no nos permitimos tener problemas psicológicos, tenemos problemas filosóficos; quizá la única diferencia sea saber que nadie puede ayudarnos: sexo y cariño cómo cuidados paliativos, sensibilidad. Hemos de escuchar el sinsentido, pensarlo, aceptarlo y sonreír; porque no podemos dudar de nuestra melancolía, no nos parece justo. No es un estado, simplemente hemos dedicado demasiado tiempo a pensarnos y ya no podemos parar; ganamos que el silencio es ya incapaz de abrasarnos.

El cinismo es una faceta, siempre; esté más o menos desarrollada. Somos buena gente, o eso te vamos a decir, sin maldad, es que tenemos dudas y algo de buena intención. Seguimos paseando, no buscamos, paseamos: encontramos. Solemos evitar las indicaciones, somos más de coger el camino sin señalizar, el de tierra y zarzas; la razón no es nada inteligente, pura rebeldía. Las ideologías nos confunden, luchamos dentro, nos emboscamos, nos defendemos. Nos tiran las tripas, nos manda más la rienda que es el puño cerrado en torno a la boca del estómago que todo lo leído, mas las letras son para digerir. Bebemos las penas en largos tragos de risa, con pasión, y celebramos las alegrías a la luz del sol, único ídolo de nuestro credo. La palabra “felicidad” nos resulta necia, pero mordemos si intentas apartarnos de nuestros pequeños placeres, mordemos duro.

A veces nos gusta pensarnos mártires de la libertad, pero es otro engaño, un engaño elegante, sonriente; lo disfrutamos de vez en cuando, es nuestro pequeño vicio. No se nos entienda nunca como víctimas de la tristeza, eso sería simplificar demasiado, sería ofensivo; somos brazos incansables a merced de las fuerzas de un océano infinito, simplemente. Tenemos un archienemigo, aquel que se vanagloria de haber conquistado su propia felicidad; no es nada personal, es que estamos aquí luchando por ser sinceros con nosotros mismos y llega el notas negando la trastienda, cargando manuales.

Nuestra sonrisa es algo diferente a la de los demás, se nos estiran poco los labios y nos brillan los ojos, que miran directamente a todo. Podemos parecer serios, no lo somos. Nos reconocemos, no nos molestamos; molestar nos parece imperdonable y no lo hacemos, a veces congeniamos. Nos gusta ser personas, más llevamos siempre las máscaras un poco rotas cerca de los labios y sin descubrirnos nos insinuamos, damos la mano y los besos con los ojos y media sonrisa.

Somos los que no huimos del miedo porque eso sería dejarlo ganar; apretamos los puños y dejamos que vaya haciendo mella, sin coraza, que nos desintegre a placer en lo que dura esta vida.

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