Puñales

 

Hoy me anochece con el estado de ánimo apropiado para escribir, y con un recuerdo fresco. Hoy pensaba los silencios de una conversación que contaba parte de mi historia, pensaba en mi, y no puedo evitar la tentación de concretar, para quien lo quiera, el concepto del corazón roto.

El corazón roto es un corazón herido, simplemente, pero cuyas muescas se han vitrificado, se han endurecido, se han cubierto de un polvo gris, abandonado. El concepto del corazón roto tiende a trivializarse en los labios de la gente, se asocia a cualquier pequeño golpe en el ego del adolescente, a cualquier deseo frustrado, pero no; escapemos de tal banalización, el corazón roto es otra cosa, el corazón roto es un aullido sordo que te acompaña cada mañana.

Los cortes del frágil músculo son un bien dinámico, surcan el corazón y, cuando se curan, dejan cicatriz, pero no son mortales, son experiencias positivas, mas solo cuando no se fosilizan. Las grietas se abren ante el paso de armas largas, tiempos largos; con un puñal ensartado eres muy feliz, es ese amor que duele, el de los tatuajes. Es un amor sano, lleno de duda.

Cada corazón roto tiene su propia imagen del amor sano y, sin embargo, suele haber consenso acerca de lo que es un amor insano. Éste es un amor desigual, en todos los sentidos; está desacompasado, no suena bombo ni caja, no tiene ritmo; está desmedido porque está calculado, y agoniza en una bifurcación ya irreconciliable. Es el momento en el que se retira el puñal – a veces es mas de un momento, a veces tarda -, en el que brota la sangre, sonríe la grieta y uno se sienta en el sofá, arropado por el dolor y las falsas esperanzas. Con el tiempo la hemorragia se detiene en una herida que no cierra, que se torna en grieta, que se endurece y se agasaja con ese mármol negro, surcado por vetas blancas y del que, deslumbrados por su solemne belleza sepulcral, no podemos apartar la mirada.

El corazón roto no necesita varias grietas, es suficiente un abismo para dotar a nuestra válvula con tal estatus. Él, roto, es como aquel juguete que, arrojado a la acequia, esboza una sonrisa pintada a la espera de que alguien decida repararlo y depositar en él un poco de ilusión. Nos es claro que las cosas del corazón no son cosa de uno, uno no puede repararse, no puede mejorar. Uno no puede purgar las grietas, no puede picar la dura roca y ensartar un nuevo puñal que deje todo como estaba cuando sentía el júbilo del sentido que tiene la muerte acercándose, muy lentamente, muy felizmente. Mis manos pueden arreglar el corazón de otro, y otro el mío, pero nada mas; y para el corazón roto esta distancia parece un desierto y un mar, un mundo.

Yo recuerdo mi puñal, era salvaje y doméstico. Era un café servido al somnoliento sol vespertino, portando mi camiseta; era unas manos en mi pelo, apretando fuerte; era risas y cosquillas, era una mirada cómplice por encima de las tapas de aquel libro.

Y a la luz de esto, entre amigos y cervezas, nos diagnosticamos como corazones rotos, porque cuando hace años de la última vez que sentiste aquel amor sano, hace años de grieta fósil y capas de polvo; hace falta un arqueólogo. Sin embargo, es importante no olvidar nunca que, si apartamos un minuto la mirada del hipnótico mármol con que se reviste nuestra grieta, si bajamos la mirada, encontraremos en nuestra mano un puñal, nuestro puñal, manchado sin duda de sangre seca. Este acero es un recuerdo, una comprensión, una oportunidad, todo junto. Y me resulta importante empezar a pensar la vida como una incesante búsqueda de contrincante, digno y sagaz, rápido, inteligente, que consiga ensartarte en el mismo momento en el que tu lo haces, en el mismo lugar, con el mismo placer y la misma risa.

Cada vez que conoces a alguien, debes tener muy presente la seguridad de que en algún momento os haréis daño mutuamente, de que puede que sea lo que estabas buscando.

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