Insomnio

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A saber qué día y quién. Salí de casa buscando la sensación de los adoquines después de maldecirme por perder quince minutos buscando un ficticio papelillo de reserva. Me fastidió que aquel barrio antiguo no fuese lo suficiente antiguo, y que aquellas fuentes no fuesen lo suficiente bellas, y que aquel perro no fuese lo suficiente canoso y terco como el reflejo de mi tristeza. Mueca en faz; giré la esquina y baje la calle comportándome como una bruja con los niños, y maldije sus juegos y sus risas mientras despeinaba mi melena cobriza entre graznidos, y propine sonora colleja al que parecía más indefenso y sorprendido.

Me incorporé a la arteria peatonal y respiré hondo, sopesé el contenido de los bolsillos de mi abrigo de paño y serpentee por el fluir que bajaba hasta la plaza menos redonda de toda la ciudad. Fumando un cigarro – tras un ligero coqueteo con el púber que atendía el estanco mientras su padre desordenaba el almacén de hebras – llegué a la Plaza de Las Cuerdas, donde me esperaba Lola, que sonreía sin impaciencia mientras sentía a la gente pasar.

– Llego tarde, dame un abrazo.

– Róbamelo – desafió aquella mujer a la que no puedes mirar sin tragar saliva, y me apretó contra sí con el brazo que no sujetaba un helado.

– Dos de Febrero – informé señalando el termómetro digital de la plaza, cuyo dígito negativo quedaban casi por completo oculto tras la pintura en spray de la incipiente libertad. Por respuesta obtuve un gesto macabro que aunaba el guiño, el gélido lametón y un seductor encogimiento de hombros. Sonreí complacida y dictaminé – payasa.

– Se dice que “El saxo de cobre” ya no baja a tocar en los bares y las calles, que habla de suerte y que es presa de la melancolía. – Se dice.

– Estoy… Lola, tengo un nudo en el estómago. Vivo sin dormir, escuchando viejos discos mientras miro el techo y pienso, dejando el tiempo en manos de un trance oscuro.

– Me estas tomando el pelo. ¿Qué es lo que te falta?

– ¿Quién sabe? – repliqué con el ímpetu con el que un gato caza en sueños sobre la mullida superficie de su cesta – Pero mi mente, normalmente bulliciosa, tu lo sabes, es ahora una alfombra persa en calma. Se apagó, y por eso me voy.

–  ¡Te vas! – Exclamó con ilusión.

– Irse no es cómodo, me voy – y mis palabras trotaron al ritmo al que un condenado asciende al cadalso.

Lola me retuvo suavemente de la mano, deteniendo nuestro paseo. Puso su mano en mi pecho, y me miró con la serenidad con la que un anciano, que toma la fresca sentado en una silla de mimbre junto a la huerta, te indica el camino cuando estás perdido; cuando te anochece en carreteras terrosas rumbo a un fracasado atajar. Me dejó llorar unos minutos sobre la piel de su cuello, y en mitad de una calle abarrotada sentí el calor de las decisiones duras que se han de tomar.

Sin perder un minuto tras el sofoco, corrimos a mi casa. Entramos riendo, yo en su estela y ella en la mía; pusimos música, y gritamos obscenidades mientras empacábamos selectivamente mis enseres más preciados a velocidad de vértigo, primero en aquella vieja maleta y después en la nueva mochila de cuero con la que acudía a clase. Súbitamente tiré la radio por la ventana, cuya voz en caída libre parecía conferirle vida, y ambas callamos para culminar el trabajo con mi viejo saxofón.

Ceremoniosamente lo cogimos con las cuatro manos, y fue ella la que sin soltarlo me envolvió entre sus brazos situándose a mi espalda, yo soplé y empecé a tocar. Sus dedos buscaron el mecanismo al tiempo que los míos, y juntas hicimos sonar una horrible melodía que de chirriante y desquiciada quisimos alargar unos minutos.

No me acompañó. Se quedó sentada en mi portal viendo como me alejaba y, mientras colocaba sus cascos en los oídos para anclar aquel recuerdo, vio como yo corría riendo y esquivando los globos de agua. No tardó mucho en marcharse también, no me buscó. Improvisé su feliz historia en los bares y las calles de mi nueva ciudad perdida, donde nada era cómodo y las guerreras vivíamos acorde a nuestra naturaleza.

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