Matar a un mandarín chino: la atenuación moral de la distancia

Los sentimientos morales, como la compasión, el temor o el remordimiento, se presentan de manera mas aguda cuando el protagonista del suceso observado comparte con nosotros una cercanía de algún tipo, sea de edad, condición, costumbres, estado o linaje. Y lo que esto significa, invirtiendo la óptica, es que los sentimientos morales son menos intensos conforme aumenta la distancia, lo que nos separa; y aunque no todas las distancias son iguales, la sociedad globalizada ha rebasado ciertos límites morales en su constitución, solo en virtud del efecto de esta distancia, sobre la cual, creo, es necesaria al menos un momento de reflexión.

A este respeto, y partiendo de la observación de de cierta “contradicción” entre la Retórica y la Poética de Aristóteles, Carlo Ginzburg construye un interesante discurso en el que aborda la cuestión de las implicaciones morales de la distancia en su ensayo “Matar a un mandarín chino”, parte de cuya argumentación intentaré reconstruir a continuación de manera sintética:

Aristóteles hablará en su Retórica, y con respecto a la justicia, de dos tipos de leyes, la ley particular, lo que entendemos como la ley de una comunidad, y la ley natural o común, aquella que es compartida aun sin un consenso previo, incluso entre miembros de diferentes comunidades. Es fácil imaginar que tras esta ley común se esconden sentimientos morales universales y, sin embargo, cuando Aristóteles trata en la Poética estos sentimientos, así como las formas en las que se producen las afectaciones en el contexto de una obra trágica, queda expuesto que la distancia es un factor a tener en cuenta.

La intensidad, y aun la posibilidad de sentimientos como la compasión o la envidia, están supeditados a factores de distancia. Es difícil sentir compasión por un individuo completamente alejado de nuestra realidad en cuestiones de cultura, distancia geográfica y tiempo. Nos suscita mas compasión la tragedia que sucede en el pueblo de al lado que la que ocurre a la otra parte del mundo, de igual manera que ocurre ante una tragedia que acaba de ocurrir frente a la que ocurrió hace 1000 años. Es el caso también de sentimientos como la envidia, requiere de cierta cercanía, es difícil imaginar un sentimiento de envidia frente a un ser del futuro, o de un pasado remoto. [Tengamos en cuenta el contexto Aristotélico]

A continuación, Ginzburg retratará la extensión del mentado efecto atenuante de la distancia a todos los sentimientos morales que puede extraerse del análisis de algunos textos de Diderot. El filósofo francés considerará que los sentimientos morales, entre ellos la responsabilidad moral, están sujetos a la capacidad perceptiva que depende en parte de la sensibilidad física, por ello un ciego es menos moral, en la medida en que es menos sensible al horror que se percibe visualmente, y por ello la muerte de animales nos resulta menos terrible cuanto mas pequeños son estos.

De igual manera, retratará que el remordimiento moral está muy sujeto a las consecuencias del acto ante la ley particular, y enunciará el ejemplo clásico que dice: si un hombre asesina a otro en París, y viaja hasta la costa este de China, el remordimiento por el acto se atenuará considerablemente ante el distanciamiento del entorno y de las consecuencias, a la vez que provocará, o al menos se verá acompañado, de la creación de multitud de subterfugios autocomplacientes por parte del asesino para justificar sus actos. Diderot está afirmando por tanto la posibilidad de la contraposición entre la ley particular y la ley común o natural.

Será François-René de Chateaubriand quien, combinando el ejemplo de Diderot con el dilema de la muerte a distancia (con un solo pensamiento), añadirá complejidad a la cuestión de la responsabilidad y la ley natural en tanto actúa la voluntad de manera directa: El dilema resultante plantea a un interlocutor si mataría a un anciano mandarín chino, que acumula riquezas sin disfrutar y no cuenta con herederos, para obtener toda su fortuna instantáneamente en París, sin que nadie sepa del acto ni por tanto haya consecuencia alguna por este.

La respuesta del interlocutor es negativa, en virtud de lo que Chateaubriand llamará la conciencia, pues sin consecuencias y con múltiples subterfugios posibles, aun nos suscita un sentimiento de repulsa imaginar un acto como el citado. Sin embargo, no nos es tampoco difícil imaginar a un interlocutor que respondiera de manera afirmativa. [Este dilema ha sido atribuido en falso a Rousseau y transmitido en los escritos de Balzac, dirá Ginzburg] Sin embargo, ¿que ocurre cuando no actúa la voluntad de manera directa. Cuando a las distancias culturales, geográficas o temporales se suma la distancia de ejecución? Balzac sera quien articule la complejidad de esta distancia, aventurándose a reflexionar sobre si la indiferencia moral que es la aceptación de la crueldad implícita del mundo no es ya una forma de complicidad.

Hasta aquí la reconstrucción que nos interesa de este excelente ensayo, que forma parte del volumen “Ojazos de Madera: Nueve reflexiones sobre la distancia” editado por Peninsula y traducido por Alberto Clavería, y el cual recomiendo encarecidamente para quien quiera ahondar en algunas otras cuestiones con referencia a la distancia, entendida como alteridad, especialmente en cuestión de la evaluación y transmisión histórica.

A través de lo que hemos visto sobre las implicaciones morales de la distancia, nos es fácil identificar varios ejemplos en los que se hace patente la utilización de la atenuación de sentimientos morales para determinados fines, y aun como justificación de estos. La distancia cultural y/o estatal es la base de la alteridad que posibilita cualquier guerra, ya no solo por los actos de guerra de los soldados, sino por la instrucción en esta alteridad a un pueblo para que legitime y apoye esa guerra.  (Solo tras la II Guerra Mundial apareció el concepto de “crímenes contra la humanidad” legislando algo de esa ley común o natural que enunciaba Aristóteles en otro contexto, pero con una posible extrapolación universal.)

En el mismo ámbito de la guerra, los avances tecnológicos han posibilitado el distanciamiento que ha permitido las masacres mas horribles: Cuando los hombres se ven como hormigas, y los botones dejan caer bombas, el horror del ejecutor se debilita tal y como entendía Diderot, y la muerte a distancia que esbozaba hipotéticamente Chateaubriand se torna en la realidad de las bombas atómicas, los botones rojos o los drones de combate. Otra forma de distanciamiento no menos importante es la innovación burocrática, que contribuye tanto a la efectividad como a la deshumanización: los números, los eufemismos, la asignación de roles independientes e incomunicados, el trabajo en cadena…  (A este respecto me resultó muy ilustrativa la lectura del discurso de declaración de culpabilidad [Revisado] de Albert Speer durante el juicio de Nuremberg.)

En un contexto mas actual, podemos observar la atenuación moral que por medio de la distancia  interviene en el consumo globalizado. La ropa tejida en la “competitiva industria textil” de Taiwan o la tecnología china fabricada con coltan extraido por niños africanos es consumida con naturalidad en nuestras sociedades.

No pretendo con esto realizar una crítica moral, que desataría un interesante debate que, sin embargo, no está contemplado entre las finalidades que persigo con esta entrada; sin embargo, es necesario reflexionar sobre la efectividad de la distancia en la atenuación moral y sobre nuestros sentimientos frente a esta atenuación, que puede ser juzgada o no de artificiosa. Sobre lo difícil que sería la aceptación de determinados mecanismos del mundo si sus efectos negativos nos quedasen mas cerca, tal y como imaginaba Balzac, y sobre si la propia reflexión sobre la legitimidad de la atenuación moral de la distancia y sus efectos en nuestras sociedades está permitida también, precisamente, por algunos avances tecnológicos que han ayudado a reducir estas distancias. Lo cual situaría, en mi opinión, al progreso tecnológico en el punto de mira, y la preocupación ética sobre su discurrir como una articulación de la libertad humana de capital importancia.

 

Entrada motivada por lecturas recomendadas de N. Sánchez-Durá – UV

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