Quince minutos, el trauma y el sueño

Cuando termino un libro, un buen libro, me siento como un pez hindú arrastrado fuera del mar por la red de un artesano y experto pescador, con tacto, con mimo, sin rencor. Durante unos quince minutos, sentado, tumbado o incluso de pie, me quedo absorto, sonriendo como un bobo, con la mirada perdida, los músculos relajados, y saboreando con las papilas de mi imaginación un mundo que he de abandonar porque ha llegado mi hora, porque he de reencarnarme de nuevo en este filósofo un poco menos triste en cada muerte, que no tardará en buscar nuevas branquias.

Son quince minutos de paz, como la que te invade al sentarte en las playas de un mar desconocido, o la que sientes al salir de la tienda de campaña tras una noche de huida en el bosque; con la serenidad de la ilusa visión de la aventura y la asunción de un miedo que es en realidad sólo un fósil. Quince minutos del placer vicioso que pedirías como última voluntad ante el pelotón de fusilamiento, que cambiarías por el de un pos-coito sin amor, que fumarías en largos cigarros con humo en forma de letras.

Y por esos quince minutos nace el sueño, para mi y para muchos, por ese instante sagrado que ocurre una vez a la semana, con suerte, quizá al mes, a los dos meses, ¡por dios que no tarde tres! En esa mágica tristeza de acabar un libro, y paladear los últimos matices de sabor que te resistes a enjuagar, reside el motivo de los que escriben, de los que quieren escribir. Aquí nace el respeto por el buen oficio, y no en las técnicas de las buenas letras, aquí descansa el dragón romántico que devora caballeros de la erudición, y la vocación del pirata que nunca ha visto la muerte. Aquí descubren los niños que quieren ser escritores, aunque no entiendan del todo lo que esto significa, y de aquí parten los laberintos y rompecabezas de las aventuras que se propondrán.

En literatura, en poesía, reflexión o ensayo, el que soñó con escribir desde pequeño no transitará una senda, llegue a algún sitio o no, de arena blanca por erudición y forma y rigor y maestros, sino que inevitablemente transitará una senda sobre la que se extendió la rojiza especia de la pretensión de ser un buen cocinero, de alimentar y dejar un mágico regusto para todo el día.

Hubo quince minutos, hace años, que supusieron el primer trauma, por el que la vida se nos echó a perder en un sueño tan inquebrantable como la idealización de la infancia.

Anuncios

2 responses to “Quince minutos, el trauma y el sueño

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: