Almacén nocturno

Cuando sueño lo hago a lo grande, con la intensidad de un delirio y las piernas en marcha, bajo las sábanas. Sueño estar aun de viaje, con amigos e inquietudes, asomándome a realidades dispersas que en realidad son juegos, servir de algo.

En la ternura de una noche en la que vuela el aire de tormenta he soñado con un dios malcarado, diseñado a imagen de Joaquin Font, y he procedido a servir a su esposa, a ser seducido por una hija que dormita al ritmo de las catorce notas de Thelonious, y a introducirme por un hueco minúsculo, por el que se accede al mayor almacén de recuerdos que haya soñado nunca.

He transitado un bosque, el bosque-archivo de una mente cuyos residuos se materializan para la utilidad práctica de un futuro tan previsor como un padre de familia republicano de Wisconsin, y se almacenan, y están secos bajo la lluvia, y de lejos están cubiertos de telarañas pero de cerca tan limpios como el escaparate del capitalismo.

Y todo tiene sentido allí, porque no se buscan respuestas, sólo objetos. Y no se encuentran, por descontado, pero el camino te permite conocer el bosque, conocer el archivo, la mente, al dios, y coger lo que pienses que necesitarás, como en la educación el infante.

Buscando un aparato de aire acondicionado, por encargo imposible – como sacarlo por la ratonera que inaugura este almacén mentiroso – encontré cálida sorpresa y maravilla. Había armarios hechos de tablones bastos, que contenían mas tablones bastos. Encontré elevadores salvajes, sin respeto por las leyes de la mentira vertiginosa, y juguetes, muñecos articulados del dios en persona, con complementos como un cetro de proxeneta y un brazo intercambiable que sostiene una bandera de la ONU. Había un bloque entero dedicado a las mangueras – las mangueras deben ser algo muy importante en la mansión del dios, pensé –  y junto a ellas todos los tipos de puntas posibles, desde las mas sofisticadas pistolas de jardinería hasta puntas de lanza de bomberos, pasando por grifos de bronce y mármol.

En la pequeña porción de aquel bosque que pude inspeccionar no encontré libros, tampoco los vi desde las alturas, pues hubiese ido a buscarlos para no encontrarlos – lógica arbórea – , pero encontré personas, cargadas de bártulos, de mangueras, que me ayudaron con referencias vanas sobre aquel aire acondicionado que me rehuía de manera esencial, y que continuaron su camino. Y cuando finalmente me sentí cansado el dios en persona a apreció, gigantesco desde las alturas quería contemplarme como lo hace un humano con un pez en su esférica pecera, y me azuzó con un palo, y huí de allí, y no cogí nada, como en mi educación de infante, y no supe mas que concluir que la inocencia es estupidez, y que el destino no está de acuerdo conmigo. Abrí los ojos.

El café no está mal, pero tampoco es para tirar cohetes, Twitter no dice nada nuevo, y tengo un rato para aspirar este aire de tormenta y escribir un rato, por ir llenando mi almacén de libros que nadie encontrará y seguir añorando mis tablones bastos.

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