La debilidad

Existe un dios cruel que te depara solo cariños de postración, momentos en los que su caricia te doblega demostrando quien manda, y te arroja al suelo para que saborees en el vientre tu natural caminar. Porque en la ficción cotidiana uno se siente seguro – rezo cada día a mi imaginación para que me mantenga lejos de la realidad – y, sin embargo, a veces se hace la luminosa oscuridad en su voluntad, y te quedas sin fuerzas: amaneces solo con la seguridad de estar cansado, y la inmediatez de la muerte como motor de un pensar oscuro.

He decidido, tras recibir su herida,  incluir la debilidad en mi panteón existencial; es solo un perro, un siervo jorobado de la nada, del absurdo, de la vida; una rencorosa medianía a la que vencer heróicamente, tenaza innoble de la existencia. Es un dios menor, un bastardo, mas cuando aparece no queda fuerza para alimentar el horno de lo mundano con paladas de alegre exuberancia, no quedan manos firmes en sueños ni proyectos.

Es un síntoma, un ejecutor de algo mas grande, pero que cae en la importante dimensión de lo físico: cae en las manos y su temblor vacilante, en la vibración de los labios, en el martillear de las sienes, y conquista así tu fortaleza. Una vitalidad nietzscheana, tu alegría, es embadurnada en arcilla y secada en el horno que es la nada, y la prisión que supone, aprehensible por la razón despierta, es la debilidad.

Una pesadilla, empero, que alberga varias contradicciones en su seno: Presa de su naturaleza, la debilidad es poco constante, y su ataque pierde con rapidez el ímpetu inicial, sin embargo, el efecto contra el que es su enemigo natural, la fortaleza vital y exuberante, hace que, en la medida que sea su presencia, cueste siempre desplazarla de nuestra mirada prudente.

Corremos paradójicamente el riesgo, si no nos arrojamos a la temeridad, al riesgo absurdo que es el fuego luchando contra el fuego – la acción mas allá de la prudencia que nos hizo esquivar éste y otros males hasta el alza del trágico telón – de asumir la debilidad en nuestro seno de manera perpetua, permitiendo que se enquiste, tan incapaces ya de echarla a patadas como ella de arrollar del todo nuestra esencia vital.

Saludo, advertencia y guerra doméstica para el oscuro invitado que ha venido con la intención de quedarse.

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2 responses to “La debilidad

  • C. Pradas

    Me gusta el lirismo que huye de las reducciones racionalistas. Suscita algo mucho más interno, más privado; aunque ello cueste tres lecturas.

    Me queda sin embargo una duda: la vitalidad nietzscheana que queda neutralizada por la debilidad, es sin embargo la misma que permite el movimiento de superación (siguiendo su propio programa). No puedo evitar asociar esa temeridad, ese riesgo absurdo y no prudente, y por tanto, ese movimiento más pasional que racional, a esa “voluntad de poder” nietzscheana… ¿Me equivoco?

  • Beijabar

    En absoluto, dicha asociación existe porque aun en estas “reflexiones literarias” tiro mucho de formas de “virtud”, me explico:

    La vitalidad nietzscheana que es aprisionada por la debilidad es más esa “voluntad de vivir” de los románticos, es esa exuberancia natural en Nietzsche (que yo creo hereda de Schopenhauer – sobre el cual me admito un ignorante-), y tras la infección, la cura de esa temeridad yo la asociaba a una especie de “voluntad de autenticidad”, que creo que podríamos decir que es, en efecto, parte de la voluntad de poder nietzscheana, pero que no logra colmarla del todo.

    Para mi la voluntad de poder es un concepto muy difícil de extrapolar enteramente fuera de la filosofía de Nietzsche, por su relación con el eterno retorno y su visión antropológica, pero multitud de “virtudes” que relaciono y utilizo vienen siendo “pedazos” de esta.

    Muchas gracias por la lectura y el comentario Carlos ; )

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