Asma existencial, disculpen las molestias…

No se si les he dicho alguna vez que soy asmático y existencialista, aunque sea por separado, me refiero, pues si hoy vengo a contarles de ambas condiciones es porque pretendo establecer una subjetiva y contingente relación entre ambos males.

Entre los tratamientos alérgicos de juventud, los años de natación infantil que tanto agradezco hoy, y que desde que pasé la fumada veintena vengo cuidándome un poco con algo de deporte, lo cierto es que el asma es un visitante excepcional, pero como siempre inoportuno. Rara vez se presenta ya, aunque en ésta época primaveral suele hacerse fuerte para acudir sin falta a su cita anual con el polen y el polvo en suspensión, para que no olvide que soy asmático o, quizá, para que no olvide que soy existencialista. En cualquier caso les aseguro que es una ventaja, que aparezca poco, me refiero, pues aunque en mi caso ha sido siempre de carácter leve, una asma grave provoca un descenso considerable en la calidad de vida del sujeto existencial – nunca me ha gustado la palabra paciente -.

Lo bien cierto es que cuando me he visto inmerso entre las letras de Camus, Kierkegaard, Heidegger o aquel excelente compendio de lo que el existencialismo significa que es el ensayo “El existencialismo es un humanismo” de Sartre, no he podido evitar pensar en algunas de mis experiencias con el asma. La principal característica del asma es que te ahogas: la musculatura pulmonar se contrae y reduce el volumen de las vías respiratorias, por lo que sucede una obstrucción parcial que hace que tu capacidad respiratoria por medida de tiempo disminuya. Según sea esa disminución el episodio es mas o menos grave, y en el peor de los casos puede ser una causa mortal. Pero dejemos de alimentar el morbo: Ha ocurrido que en alguna ocasión me he encontrado relativamente desamparado durante algún episodio asmático de mediana gravedad, sin medicación y lejos de casa, y no importa si me podía haber muerto o no, lo que importa es la angustia.

Un leve viento se levanta, aspiras un par de bocanadas y comienzas a estornudar, muy seguído, durante unos 20 segundos; inmediatamente empiezas a  sentir que tu respiración no discurre con normalidad, cuestión de capacidad. Como sabes lo que viene te preparas: te sientas levemente reclinado – una postura en la que resulta cómodo respirar – y carraspeas para ir limpiando las vías respiratorias de cualquier posible mucosidad. Es entonces cuando el pecho comienza a escocerte, aspiras con fuerza, pero apenas logras llenar los pulmones una tercera parte en comparación con hace solo unos minutos, y así te quedas, aguantando. Hay que aguantar a que llegue ayuda, o a que las defensas de tu cuerpo decidan que ya han derrotado al malvado e inofensivo ácaro del polvo que ha entrado en tropel llevado por el viento, hay que aguantar, pero mientras todo discurre fuera, lo que importa es lo que pasa en tu cabeza, aguantar.

No se sabe si es por la falta de oxígeno en el cerebro, pero te percatas de que guardas la muerte en tu mismo ser. Diversos factores que no controlas, como el pedazo de ADN que te encadena al asma alérgico desde siempre, o vivir en una ciudad húmeda como mi Valencia fatal, te tienen ahí, con unos pulmones que no tragan y que incluso se encanan perdiendo su instinto natural de respirar; y tu, contra ellos, en la indefensión nunca total de un cerebro torpe y un sistema nervioso cumplidito, ordenando a los músculos de tu pecho que se abran aunque desgarren fibras. Por un momento estas tú contra un cuerpo que no quiere vivir – o algo -, diciéndote a ti mismo: Y una mierda! Abre, estira, destroza… Y te falta hundir tus manos bajo el esternón y tirar de él como si tratases de hacer funcionar un fuelle perezoso.

Aquí es cuando te das cuenta de que algo si hay – aunque como hemos dicho puede deberse al déficit cerebral de oxígeno -, no sabes si el nadar existencial de uno, la voluntad del otro, la vitalidad de este o la libertad por la posibilidad de aquel, pero lo cierto es que en cada bocanada te estas afirmando por sobre algo que no controlas. Cada episodio de este tipo es en si mismo épico, integrado en una lucha con final conocido, pues mientras tu estas cada día mas viejo y mas confiado por los años, el asma, como la muerte, no pierde un ápice de su fuerza. Así que sabes que al final te morirás – de esto o de otra cosa – , y no sabes cuantas escaramuzas mas tendrás oportunidad de ganar, pero desde luego sabes que en todas ellas lucharas a muerte, y lo que esto significa es, como mínimo, reconfortante.

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