Pensando frente a la fiera

Tal día como mañana me sentiré andante. Saldré a pasear, me temo, por el bosque de los charcos breves, y descansaré la vista sobre el horizonte vertical de la troncalidad sedante. Me arremangaré hasta el codo, me pondré los guantes; calzaré las botas altas de goma amarilla y el pantalón respuesta. Seré la sonrisa del iluso hijo de un mercado, y quizá, si hay pan caliente en la mañana, alargaré mi paseo hasta jornada bebiendo vino joven de bodeguero torpe. Me dejaré seducir por la incredulidad, pese a conocer mil árboles, y abriré sendas para que mi leve mochila las cierre, mas no pretenderé no haber partido, sino ser habladuría de pimpollos y ratones. Seré el paso mas lento del cornudo peloteo.

No me verán las aves libres bajo el oscuro cenador espigado,  no me oirán los felinos y no me gruñirán los doctos puercos, espero. Las advertencias vendrán, sin embargo; las recibiré solo de las hormigas, cantando a diez mil voces que parecen media, bajo el polvo que levantan mis botas y se posa sobre sus cuerpos con indiferencia. El ejército de esclavos, en constante proceso de liberación y a cargo de la desazón mas productiva que han visto las últimas cien reinas, cantará; y yo receptivo pero estúpido pensaré, pensaré:

– Si su canción es tan alegre como triste, es porque no es ni alegre ni triste, es solo una indiferencia hacia el recato. Si su recato es irrelevante, su pensar común no sufre de libertad, vive el instinto, alivio de los dioses no pensados.

Y el canto se detendrá, súbitamente, para transformarse en el metálico bruñir de la inquietud, nada armónico pero más vivo. El tropel cojeará con torpeza persiguiendo objetivos sin finalidad, y se adueñarán de las migas sobre mi barba para gritarme airado, solo antes de desaparecer, algo que no entenderé al estar dicho en lengua viva. Nuestra canción es alegre y triste a la vez, torpe y ufano animal, dirán, y como si nada.

Confuso y embotado quedaré, no por las hormigas, no por su canción, no por sus gritos inefables, sino por pensar en todo ello y beber después, mientras camino, ajeno al recorrido, ajeno al mecanismo de una sumisión tan radical que acaso fuese capaz de salvarme, pero que juzgo. En este punto algo sucede, como siempre, y te arroja al pozo; la atención te devuelve el enfoque trágico, el rayo concentrado por la lente que solo alimenta las tinieblas circundantes. Un gran oso pardo me mirará desde los confines del bosque, sin solemnidad, con curiosidad, sin rabia y con hambre. Pensaré.

– Tamaño animal pareciese un macho espléndido en su bravura. Atiende a como corre, observa el surco que dejan sus garras rotas sobre el tocón, estudia con precisión su pelo sucio, maquillado en barro contra los años que sostiene su cadera. Su rugir ha mostrado algo interesante, algo que recuerdo, dientes amarillos. Los he visto antes, museos, huesos, y charcos de sangre; la puñalería y el taxidermista, el herrero, la aguja y el poste que cuenta las millas allá en el sendero. Descalabrado y masticado, hermoso presente…

También yo observé la escena desde el pasado, no sin cierta rabia. Errores y vidas perdidas en el ejercicio del pensar, alimentando al falso dios con lo más sagrado, como todos los dioses, como todas las vidas. Inventar unos cuantos términos para insultarme pareció lo más apropiado, para desdramatizar, para provocarme, para alimentar los egos amarillos. Secundé la autocrítica y me encumbré en mil gritos, difamé, reí y golpeé la vida hasta arrancar corteza y tallo suficiente como para embotellar mil litros de cerveza de calabaza, y destrocé las nieves, y las estaciones, y por prebenda animal me anticipé a los cantos de las hormigas y me arrojé sobre las fauces blancas, abrazado por el pelaje lustroso, y fui cortado por las uñas negras, afiladas, enteras y duras como metal recién forjado y pulido.

Desde el futuro, y por primera vez, observo de nuevo la escena. Frente al rostro que no reconozco, y ante los oseznos que no he de ver, corro con todas mis fuerzas, salto, brinco, trepo y dedico mi vida a la huida, evitando la tentación de considerar si existe un fin más noble o un camino más largo.

Relato inspirado en las ideas de Nietzsche: Eterno retorno y concepción sobre el conocimiento lógico-racional expuesto en “La gaya ciencia”.

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