Introspección, tecnología y collejas solemnes

Será que soy un treintañero viejo, los hay jóvenes, pero esto de la tecnología me tiene en una contradicción hiriente, mas teniendo en cuenta que soy hijo único y dado a esto del repensar la imperfeción. Permitanme divagar.

Aun recuerdo cuan apropiada me pareció la apreciación de Antonio Adsuar (@EcosdeSumer) aquel día:

 “Ahora a la gente le cuesta mantener la atención en cualquier cosa con la que no pueda interactuar; hay gente que no aguanta dos horas en una sala de cine, tiene que sacar el móvil y comunicar, interactuar con una pantalla […] El espectador/lector siente la necesidad de tener control sobre el contenido que consume.”

O algo así recuerdo escuchar, seguramente se expresó con bastante mejor tino del que soy capaz de asimilar.

En cualquier caso, y aunque hablábamos acerca de los modos de lectura y las nuevas formas del libro, creo que la explicativa idea encajó bien con mi experiencia. La tecnología está transformando a buena parte de las personas, está imprimiendo en nosotros cierta necesidad de comunicación, de sensación de contacto con el mundo, de participación. Las personas participamos en el mundo por el mero hecho de existir y habitar en comunidad, que duda cabe, sin embargo la participación del individuo, o su influencia, es relativamente débil, y pareciese que la comunicación a través de redes sociales o la autonomía con la que ahora podemos elegir los contenidos a consumir aumentase la sensación de influencia, de control, a través de la respuesta que nuestras aportaciones producen en un selecto círculo, queramos admitirlo o no, creado en parte para la complacencia. Adictiva complacencia. En cualquier caso, tal metamorfosis tiene muy diversos efectos, pero yo quiero hablar solo de uno: las trabas que le supone esto a la introspección, algo que calificar de útil podría suponer un exceso, pero que es como mínimo un placer.

Ser hijo único, mi caso, suele proporcionarte una infancia bastante disfrutada y rica en soledad, lo cual asienta fuertes cimientos para construir al “empanado” que serás en tu adolescencia (a mi me gustó llamarlo introspectivo desde que aprendí a defenderme de las collejas que provocaban mis ausencias con el escudo de la solemnidad). Este fue el camino que me llevó a hermanarme con el Aguayo de Montano¹ y, por tanto, a esto del pensar y contarlo aquí como si le importase a alguien.

La sorpresa llegó cuando descubrí que cada vez me cuesta mas “empanarme”, algo antes en mi casi definitorio. No es por las preocupaciones de la “vida adulta”, fui vacunado contra eso ya de pequeño con cierta “fortaleza emocional”, que es como me gusta llamar al “todo me la suda” (las collejas solemnes, ya sabeis). Solo gracias a algunos triunfos puntuales, creo que haber concluido que mi uso de la tecnología tiene algo que ver: ahora me aburro de mi mismo, algo inaudito, y enseguida me acerco al ordenador, a ver que dice el twitter, el foro o la prensa, aun a sabiendas de que me interesa solo relativamente. Escribir es una tortura, puedes interrumpirte diez mil veces si no tomas precauciones, quizá por al esperanza vana de una nueva idea sobre la que escribir, o una que al menos resulte enriquecedora y oportuna para el caso, aunque lo usual es encontrar inoportuna decepción y un frustrarte sentimiento de culpabilidad. No puedo evitar pensar en aquellas palabras de Jabois durante una entrevista para Compostimes² y sentirme identificado, pero claro, esta realidad resulta ridícula;  o no, con aquello de la solemnidad y las collejas ya no se sabe. Hablen, ruego, los empanados.

Notas:

¹ – Adiós a la filosofía http://www.jotdown.es/2013/01/jose-antonio-montano-adios-a-la-filosofia/

² – “Lo que hago es quitar el cable del ordenador para escribir. Me encierro en la habitación y ahí no tengo más cojones que escribir o pensar en las musarañas, que pensando en las musarañas a veces escribes más que apoyando el dedo en la tecla. Pero es que si tengo el cable puesto ya no es solo el Twitter, es que puedo acabar en cualquier lado. Frecuentemente porno.”

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