Lo político de los universales.

Desde el discurso político siempre se insta al ciudadano a acometer el juicio de determinadas medidas políticas adoptadas, o de sus consecuencias prácticas, desde unas bases que se pretenden inamovibles, es decir, desde algo que es, que supone un marco de objetividad y referencia desde el que pueden caber ciertas interpretaciones sobre como proceder, y que dan lugar a diferentes posturas políticas, pero que tienen una base común y clara. Esta base común y clara no es otra cosa que una base cultural hegemonizada, de la cual se pretende desprender cierta legitimidad precisamente por su condición de universal. Sin embargo, lo universal, lo comúnmente aceptado, no siempre lo ha sido en otro tiempo, y la homogeneización cultural es producto de una labor política; el universal es por tanto en su especificidad un contenido político.

La clave para comprender mejor el juego de velos con el que se articula el discurso político es el concepto de lo “típico”. Lo típico esconde siempre, pese a todo, un atisbo de verdad, y por ello cualquier concepto considerado universal puede ser contaminado por un contenido específico que le da forma en el ideario común, de manera que finalmente es ese contenido específico el que es asumido como norma general. Pongamos un ejemplo para comprender mejor este aspecto clave:

El discurso con el que la derecha española articula la crítica al ciudadano que protesta por la crisis económica (y las desigualdades que suponen las medidas adoptarlas para combatirla) es, no sin cierto cinismo, que dichos ciudadanos han vivido por encima de sus posibilidades. El arquetipo de “ciudadano pobre” que pretenden dibujar es el de un albañil que en época de bonanza se hipotecó en exceso y se endeudo para conducir un BMW que no podía permitirse. Pretenden dibujar en el imaginario popular un tópico sobre el concepto universal de “ciudadano pobre”. Este concepto universal no dice nada, por si mismo, de las condiciones o motivos por los cuales el ciudadano se ha visto abocado a la pobreza, sin embargo, al contaminar el concepto universal  con el discurso político, se pretende conseguir hegemonizar la imagen del “ciudadano pobre”, por la cual éste es absoluto responsable, en sus excesos, de su propia condición. Esta generalización es del todo ilegítima, y sin embargo, como hemos dicho, todo tópico tiene algo de verdad, de manera que el contenido de “lo típico” con el que se infunde un concepto universal es la clave de la lucha ideológica.

Citando a Slavoj Zizek en su “En defensa de la intolerancia”:

“En términos kantianos, [Lo típico] asume la función del “esquematismo trascendental”, es decir, sirve para traducir la abstracta y vacía noción universal en una noción que queda reflejada en, y puede aplicarse directamente a, nuestra experiencia concreta. Esta concreción es precisamente el proceso mediante el cual un contenido particular termina revistiendo el valor de lo “típico”: el proceso en el que se ganan o se pierden las batallas ideológicas.”

La lucha por la hegemonía ideológico-política es, por tanto, siempre una lucha por la apropiación de aquellos conceptos que son vividos espontáneamente como apolíticos, como instaurados y fijos. Otro ejemplo claro en la coyuntura política de nuestro país es acerca del término “democracia”: la idea homogeneizada de lo que era la “democracia” ha sido, a efectos prácticos, la de escoger entre dos grandes partidos, y alguno mas pequeño, que se presentaban a elecciones cada cuatro años con listas cerradas, y sin embargo estos últimos años esa “verdad” está siendo cuestionada, el significado mismo de democracia está siendo puesto en duda.

Siguiendo con el discurso político, la lucha ideológica se traduce en la lucha por la hegemonía sobre el significado del término “honestidad”. Todos los partidos (y sus respectivas ideologías) son honestos. Para un conservador, la honestidad puede significar el retorno a una moral tradicional y a unos valores religiosos; al mismo tiempo, para un militante de izquierdas la honestidad significa justicia social y valores como la solidaridad. Por esto, una misma medida puede parecer honesta para unos y deshonesta para otros, pues cada uno tiene su propia definición del término honestidad; y podríamos pensar que este es un mero problema semántico a la luz de la pluralidad del discurso político, pero no es tan sencillo, pues cada cual pretende que su “honestidad” es la auténtica y única verdadera. Por tanto, la lucha ideológica es, precisamente, la de conseguir imprimir en el imaginario colectivo su propia definición de “honestidad”, cargada de principios ideológicos. Aquel partido o ideología que consiga colarnos su ideario en lo que consideramos “honesto” (esta pretensión no es nunca explicita, lógicamente) – un término que está en si mismo vacío, que es teóricamente objetivo, que refiere a una intención sincera y bienhechora – habrá ganado la batalla ideológica, pues ninguno estamos dispuestos a decir que somos personas deshonestas.

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2 responses to “Lo político de los universales.

  • Lucho

    Un artículo bastante opaco, quizá más para estudio que para lectura meditada o reflexiva. Eso, en cuanto a estilo, que por cierto, no es defecto de este artículo en sí, sino algo muy “típico” (por usar un término que quedó marcado en el mismo artículo) del panorama de la filosofía actual y las ciencias sociales también. Prefiero lecturas más ligeras, aunque tampoco exijo que tengan que llegar al nivel de “El Pájaro Loco”.

    Por otro lado, molesta que en el artículo se parte de algunos presupuestos que son falsos. Eso también es común en algunas elaboraciones actuales: textos comienzan diciendo cosas como “La crisis contemporánea se debe…” o “Para escapar del capitalismo opresor…” o “La terrible contaminación sónica en los campos…” y dan por hecho, así nomas, que: hay crisis, queremos escapar del capitalismo (que además, tiene que ser opresor) o que hay contaminación sónica en los campos.

    En el caso de este artículo, solo citaré un ejemplo, al comienzo, que seguro a algunos les pasará inadvertido, pero al menos yo lo atrapé, cuando pone:

    “Desde el discurso político siempre se insta al ciudadano a acometer el juicio de determinadas medidas políticas adoptadas, o de sus consecuencias prácticas, desde unas bases que se pretenden inamovibles”

    Ya está generalizando, y no solo eso, sino generalizando hacia la instalación o colocación de una visión negativa en el lector con respecto a lo político (o el “discurso” político). Porque si hay algo claro y constante en éste es que sus bases no se pretenden tan inamovibles, sino por el contrario, transables o negociables. Esa transacción es casi el alma de lo político, del juego político como tal. Lo que allí se dice es como si transmitiera, al menos en parte, que lo político es como un lecho de Procusto que busca someter las cosas a sus definiciones. Quizá sea así en los españoles, no famosos precisamente por inflexibles o sensibles a la infinita gama de grises entre el blanco y el negro; pero, en todo caso, esa aplicación no es ciertamente así en otras latitudes. Quizá esas otras latitudes deberían ser más taxativas y firmes, para que cuando se dice algo, todos entendieran lo mismo, pero en general no se ve tal consonancia como una idea feliz. En resumen, habrá políticas que planteen bases inamovibles. Yo diría que mejor alejarse de ellas. Lo que sobrevive no es lo inamovible, sino lo adaptable. Y todas las estructuras políticas que tenemos son resilientes, y hasta supervivientes, porque no han nacido hoy, sino hace muuuuucho tiempo, y han aprendido lo loco que puede ser eso de ser inamovible. Pretender que eso es el “discurso” político será, en el mejor de los casos, UN caso de algún discurso político, pero no de TODO discurso político, por Dios.

    El ejemplo aludido creo que es sintomático del problema de la perspectiva del texto: hace que las cosas -opiniones, “discursos”, idearios- partan de algo ya dado, un universal ‘hegemonizado’, cuando la verdad es que en la realidad partimos de nuestras diferencias a un terreno o suelo común en el que buscamos la aveniencia. Esto es lo político: no venir de cosas definidas y rígidas, sino venir desde nuestra unicidad, nuestra diferencia, y ver como logramos la convivencia con las otras diferencias. El autor dice algo como que tenemos conceptos diferentes de democracia o de honestidad, Claro que eso es verdad, pero entonces, ¿qué sentido tiene plantear el asunto desde las distintas concepciones? No importa tanto lo de dónde se viene, sino adónde se va. Cada quien tendrá su concepción distinta, eso no es el problema, el problema es conformar una concepción que todos podamos aceptar. El problema es encontrarnos en un mismo suelo, no para ser buenitos con los demás, como siempre andan llorando los demagogos, ni para imponer a los demás un dominio, como quieren los autoritarios, sino para CONVIVIR, cada quien a su medida y respetando derechos que todos aceptamos. Eso, a mi juicio, es lo político.

  • Beijabar

    Muchas gracias por el comentario. Respecto al estilo poco puedo decir, no considero que sea opaco, pero en efecto no se trata de una lectura reflexiva sino mas bien un artículo teórico, y aunque en el blog encontrará de ambos tipos, ha juzgado apropiadamente el estilo de éste.

    Me temo que la cuestión por la verdad es precisamente una de las cuestiones claves de la filosofía, por lo que tampoco se puede decir que plantee falsedades; por otro lado creo, por lo que comenta, que no ha entendido del todo la intención de mi texto.

    Es posible que por el tono crítico que he empleado crea que estoy despotricando contra la política en general, nada mas lejos, este texto trata de ser explicativo, trata exponer mi comprensión de la verdadera fuerza de la política, la de asentar contenidos en los principios morales de la sociedad, principios que una vez asentados dejan de replantearse constantemente en el debate político, y sobre los que se construye la política. No significa esto que esté atacando a la legitimidad de la política, necesaria como bien dice para convivir, solo explico como creo que funciona, y llamo a cierto escepticismo vigilante.

    Para hacerme entender un poco mejor, y como los ejemplos del texto son mas bien de actualidad (y en parte aun sujetos a debate), le pondré otro que creo retrata mejor lo asentado y político de los universales. En nuestras sociedades occidentales el “ser humano” tien derechos, es decir “ser humano” no es solo el miembro de una especie con x características, es un estatus por el cual se nos reconocen ciertos derechos, por ejemplo a la vida, o a la libertad. No hay justificación última para tal derecho, si somos serios no podemos aceptar ni la religiosa ni la iusnaturalista, ese derecho asociado al termino “ser humano” es una conquista política, es fruto del acuerdo en un debate político, de la voluntad universal de convivir, como usted decía, pero fruto de una lucha ideológica que alguna vez alguien gano.

    Piense por ejemplo en la esclavitud, en épocas pasadas era considerada justa y legítima; inherente a la condición humana era su desigualdad, que permitía a unos poseer a otros, y esto era aceptado por todos. Donde hoy está asumida la igualdad como una base desde la que construir política, algún día estuvo la desigualdad con la misma fuerza, por lo que el reto es, precisamente, cuestionarse hasta las mas profundas raíces de lo considerado apolítico para hacer que de veras el debate político sea capaz del dinamismo que usted le pretende y que en mi opinión no es tal. La igualdad ahora no la consideramos algo dentro del debate político, ningún partido argumentará contra ella, es algo que es vivido como apolítico, como aceptado comúnmente, como una condición universal: “los seres humanos son iguales en dignidad”, y usted ve eso como perfectamente lógico y normal, y yo también, pero si en el pasado los esclavistas hubiesen ganado la guerra ideológica, hoy usted vería la desigualdad con la misma naturalidad. Como se suele decir, el que gana la guerra es el que dice que está bien o mal, y la moral es por tanto contingente. Lo que trato de decir es que construimos sin planos, nada garantiza lo objetivamente correcto de las bases de nuestros sistemas morales, y por eso hay que ser consciente de como sucede el asentamiento cultural y que hay que guardar siempre cierto grado de escepticismo, y a la vez afirmarse en lo que creemos correcto.

    Muchas gracias de nuevo por la lectura y su excelente comentario.

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