Anatomía Pérfida: Las Manos

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Las manos le dicen al lector muchas cosas, y con lector me refiero a observador, solo que yo a observar lo llamo leer, por las mismas razones, creo, por las que diferenciamos mirar de ver. Las manos se leen, igual que las ciudades, las calles, las personas, los posos del café y los huesos de roedor exótico al sur del ecuador de Malinowski. Las manos no están escritas, mullidas y vírgenes como algodón de azúcar al nacer, y provenientes de un agujero oscuro en el que arrojaron algo de azúcar prensil, son el fondo sobre el que proyectaremos nuestros propios fetiches de utilidad y manejo, de actividad, de acción; son el autómata onanista de nuestra esencia hegeliana, gracias al cielo.

Las manos sufren, y toman forma según su diseño genético, su actividad y su maltrato. Difieren según la rabia que atesore su dueño, la torpeza con la que ejecute su manejo, la teatralidad con la que articule sus máscaras y la amistad por lo ajeno que demuestre en determinados países con estricta ley de propiedad no intelectual. Y sin embargo, cada persona ve algo diferente en la misma mano, pues como ajada lona blanca de cine de los cincuenta, a poco que mantenga su forma, podemos leer las manos, podemos ser las manos, podemos odiarlas o amarlas, podemos bendecirlas y desear que caven hondo en nuestro corazón.

Despreciada la quiromancia de antemano, nuestras débiles zarpas son pilar importante de expectativas prejuiciosas. Lo crean o no, la erosión mental provocada por la cultura, la experiencia y la imagen que con esta construimos de nosotros mismos, esculpe en nuestro imaginario subjetivo la forma de la mano que desearíamos en cada ocasión. Ya a temprana juventud sabemos que manos queremos apretar con fuerza y alegría, cuales  sujetar con ternura, cuales queremos que sujeten la nuestra de igual manera, quizá al tiempo, y cuales que acaricien nuestros genitales. Destacar que nos emociona descubrir estas últimas, nos fascina la primera impresión, su contacto nos hace temblar, y su tacto nos embelesa y nos atrapa en la tarea de voltear, acariciar y sentir la invitación que estas despiertan. Las manos son muchas cosas en nuestra mente, pueden interpretarse de mil maneras, pero siempre hablan del modo en que seremos tratados, metafóricamente. Las manos son el símbolo en el que proyectamos, con la traicionera inexactitud de la intuición sedienta, la esperanza de escoger lo contingente de la vida.

Para concluir les contaré que opino de mis manos, aunque esto sea casi lo mismo que decirles que opino de mí efecto, de mi forma de manipular el mundo en la impotencia que caracteriza una vida humana, perdida, minúscula y seca cual espora en el desierto, pero que guarda el potencial oculto de ser para alguien el lienzo sobre el que proyectar la película de su juventud, sádica y veloz, caníbal; de su madurez, danzante e irónica; de su vejez, infantil, tierna y triste; de una hora de sexo, de una vida de tragedias contempladas que tiñen canas, de una eternidad vivida bajo el mantel a cuadros rojos que cubre la mesa de una tasca norteña, o del segundo en que se intercambia dinero por entrada en la taquilla del nacer. Mi mano es cuadrada y firme, de cortos dedos, y su única habilidad es la de asir fuerte lo que desea, nada más. Choca esos cinco.

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