Coherencia complaciente: un valor cuestionado

Quizá por la configuración que históricamente ha adoptado la sociedad occidental, parcialmente influenciada por el racionalismo y positivismo de la modernidad, damos una importancia capital a la coherencia en muchos aspectos, y especialmente en los aspectos morales y políticos. Una coherencia, como reza la RAE en la acepción que nos interesa, entendida como: “Actitud lógica y consecuente con una posición anterior”.

Ciertamente, al pensarlo, admitimos con facilidad que nos parece un valor poderoso; ser coherente es importante, hacer lo que se dice, y hacer lo que se hizo. Sin embargo, en mi opinión, la exigencia de coherencia que nos hacemos a nosotros mismo y a los demás, tiene una importante carga de complacencia. No significa esto que intente yo arrebatar a la coherencia su valor social, pero creo que ahondar en ella nos permitirá comprender mejor su carácter complejo.

La virtuosa percepción de la coherencia responde, implícita y quizá, veladamente, a cierta demanda de estabilidad en la atribución que realizamos al sentido del discurrir del mundo por parte de nuestros sobrecogidos raciocinios, como un mecanismo de defensa psicológico ante el amenazante sinsentido de la existencia. La comprensión de coherencia que nuestra cultura atesora, guarda en ella reminiscencias de una ética sustancialista: cuando un principio moral es aceptado mayoritariamente en la sociedad, o el que aun sin serlo es comprendido y tolerado, se inserta en nuestro imaginario como parte de una visión del mundo, aun la propia necesidad de la coherencia en el diseño de sistemas éticos.

Cada uno de nosotros en individualidad escoge, en determinado momento de constitución moral, una perspectiva para observar al mundo, y con ella y su experiencia, desprende y cincela principios y valores que acepta, que libremente asume como suyos, y sobre los que barniza la coherencia como la condición por la cual su visión del mundo permanece estable. De alguna manera, mientras sigamos siendo coherentes con nuestros principios, el mundo seguirá encajando en el sistema que hemos diseñado para su comprensión. Y sin embargo, no es difícil darse cuenta de que cualquier visión o sistema por el que se comprende el mundo, individual o aun parcialmente compartido, supone una cómoda reducción respecto a la inconmensurabilidad de la condición humana.

La coherencia es por tanto una herramienta importante en nuestra forma de reducir el mundo a algo comprensible, manejable en su inmensidad, lo cual tiene también un gran poder y valor, no seré yo quien lo niegue, ya que nos permite, aun con las limitaciones señaladas, dar forma a este; permite eludir el quietismo al que nos abocaría un completo sobrecogimiento, y acometer las acciones que consideramos en concordancia con nuestros principios. Pero también hemos de admitir, por paradójica coherencia con nuestros valores, que criticar la coherencia de acciones o sujetos no es para nada coherente con lo que sabemos de la coherencia, a saber, que la necesitamos para mantener la reducción del mundo a través de la cual vivimos, y que la contradecimos en cada avance moral o evolución personal que conseguimos.

Y es que como decíamos, la coherencia tiene muchas ventajas, pero si el ser humano cambia de alguna manera, es precisamente por haber comprendido en parte esa inconmensurabilidad de las experiencias vitales: que el principio moral que te parece apropiado para una situación no te sirve para otra, pues cada caso es único y merece su propio cálculo que, aunque bajo ciertas directrices, no puede abordarse desde la generalidad de un principio a aplicar con rigidez; que una situación puede hacer chocar dos principios morales en tu interior, y aun mas, que somos conscientes de que si nos mantuviésemos imperturbablemente coherentes nunca cambiaríamos, y finalmente nos veríamos abocados al mal por nuestra inquebrantable voluntad de no dinamizar nuestra voluntad, si es que me dejo entender aunque sea un poco.

La coherencia es devuelta así a la esencia pantanosa de la que procede, entre el sentido común y su paradójica debilidad como valor moral. La coherencia tiene que ser valorada, sin duda, pero no tiene me temo el estatus enjuiciador que quisiésemos atribuirle para poder así recostar nuestra moral en la cómoda complacencia de su estatismo perfecto. La coherencia mal entendida es pues enemiga del dinamismo, de la reflexión crítica y en definitiva, de pulir y perfeccionar las siempre imperfectas visiones a través de las cuales observamos y comprendemos el mundo, aquello que en definitiva llamamos cultura.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: