Y todo lo demás es industria… que no es poco.

La creación cultural requiere, digan lo que digan los mas estoicos, de un alimento cultural previo. Las ideas se transforman unas a otras: a veces chocan como supernovas, provocando un gran estruendo sordo, y otras se funden suavemente como chocolate caliente. A veces una idea impulsa a otra, cual utensilio de billar, solo para situarla en la situación perfecta para la carambola creativa, y en otras ocasiones sucede el descubrimiento de un combinado ideario fósil que un anciano terremoto enterró por casualidad cerca de donde ahora acometes tu espeleológica búsqueda del pensamiento. En cualquier caso, la mente creativa requiere de las ideas ajenas, y del mismo esfuerzo de digerirlas, tanto como el cuerpo requiere del entrenamiento para poder quizá un día realizar la gesta deportiva.

Además de esto, la génesis de ideas tiene detrás siempre mucho de enfoque, y los enfoques son los cromos que se intercambian en el diálogo y la tertulia, reafirmarse, negarse, criticar o aceptar críticas, exponer y escuchar es lo que da sentido a la propia génesis de ideas, además de su puesta en práctica. Por este exponer y practicar, por este vivir y comunicar,  sucede que se desarrollan las artes, como lenguajes posibles, maleables y combinables, aun a pesar de la lenta tradición. Esto sucede como forma de transmitir ideas que acaso sean demasiado complejas para las meras palabras en literalidad, o solo alcanzables a través de la emanación de los textos en su conjunto. En ocasiones es una persona ficcional la única que consigue reflejar el defecto de nuestra dura mollera, y en otras la paranoia por aquella linea que estaba ahí  en medio de todo, nos arrastra a un pensar que no esperábamos.  Esta búsqueda del arte de afectar al lector o espectador es lo que se traduce en la creación que hace posibles nuevos enfoques, nuevas ideas y nuevos caminos que deben abrirse paso a través del espacio y el tiempo.

Esto hace de la creación cultural sin duda una actividad: requiere estar en contacto con ella, beber de sus ideas, interpretarlas, y almacenar grano para el invierno de la creación, para el posterior encierro con la pluma, el pincel, el cincel y cualquier otra partera que cada uno sienta mas cálida, en la soledad o la compañía de la creación; y todo lo demás es industria…

No entiendan ese suspensivo final de párrafo de manera peyorativa, nada mas lejos, pues la actividad cultural tiene en la industria su prórroga legítima. Tras la creación aun habrá que hacer llegar esa creación, darle sentido, transmitirla y poner en circulación aquello que retroalimenta el ciclo cultural, cuya estructura resulta tan explicativa. La creación y la industria conforman el monstruo y el dilema, y la cultura solo responde a las leyes que dictan los antagónicos caracteres de sus componentes. La creación tiene un carácter tradicionalmente mas subjetivo y enorme, no tan definido por el paradigma económico con el que se observa la industria, y sin embargo a veces no tan romántico; una indefinible tensión alimenta la cultura, que tiende a engrosarse en las fugas de los sistemas culturales establecidos para mutar hacia la necesidad de su propia esencia, inaprehensible y, sin embargo, tan asentada en la base de la inmanencia con la que el ser humano consume y crea cultura. Esta y no otra es la ley que guía el globo en la tormenta del devenir humano, la cultura en su conjunto, y comprenderlo es lo que te permite afrontar, en la industria y en la creación, el dinamismo que tu objeto de trabajo exige.

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