Humo de Clásicos: “El Jugador” de F. Dostoyevski

Esta es, a diferencia de otras del autor –  si, esa en la que está usted pensando – una obra que presenta de magnífica manera riqueza y simplicidad combinadas. Es una historia de pasión, a mi humilde entender, es representación de una alegre comprensión de la condena; es la aceptación del destino inexorable, traicionero y oscuro, como esencia de la existencia misma del hombre, si me permiten ponerme metafísico. La libertad dolorosamente adquirida, como lo es toda educación y experiencia, es detonante de una inmolación del espíritu, el desvelamiento de aquel lento suicidio que representa el vivir, agudizado y repudiado al mismo tiempo.

El personaje de Aleksei Ivanovich es a mi parecer un molde, lo suficientemente amplio y a la vez concreto, como para que muchos, si no todos, quepamos en él, y nos miremos desnudos ante el espejo.  Rodeado de tópicos asociados a nacionalidades en la cosmopolita Europa central de mediados del siglo XIX, Dostoyevski caracteriza al ruso como el sin-tópicos, como aquel en el que es posible la virtud, la decadencia, y el pecado, como el “hombre” real, en virtud a su complejidad y profundidad potencial, y encarna todo ello por separado en varios personajes, y al mismo tiempo en el propio Aleksei. Éste, como narrador  y protagonista, es explorado con mayor atención que el resto por el propio relato, y esto da al personaje su cualidad reflexiva, representado tan externamente indefinido e internamente concreto como posiblemente nosotros nos veamos y veamos el exterior en nuestra subjetividad. Es por tanto un relato que logra la identificación del lector en el ámbito privado del personaje, en su pensamiento íntimo, y de ahí el potencial de extrapolación y reflexión que la obra presenta. Diría que no hay nadie que no haya sentido lo que en “El jugador” se describe, sea en una pasión amorosa, profesional, viciosa u oscura.

La relación del personaje principal con Polina Aleksandrovna es, a mi parecer, la representación de la dolorosa educación, de la dolorosa, de nuevo, comprensión de la condena del vivir; y sin embargo, mientras se aprende ésto, parece que todo guarda aun un sentido, y por tanto hay un camino y una esperanza. La lección final es la que te arroja sin compasión al inevitable y auto-destructivo camino de la pasión, como si acaso hubiese otro, en cuya cuneta te das cuenta de tu completa ignorancia.  Se puede encontrar, cuando se mira con mis ojos, un paralelismo entre la relación que une a Aleksei y a Polina, y la que une al juego y al jugador, de igual manera evoluciona su comprensión, su goce, su necesidad y su repulsa, hasta la aceptación de su estatus de anhelo esencial.

La representación del daño del juego, desde una cómoda perspectiva externa, y la clarividente mirada que muestra como éste puede echar a perder la vida y el carácter de personas tradicionalmente juiciosas y, por tiempo, expertas, corre de la mano del personaje de la abuela. Una mujer que resistente y puntiaguda como un cardo, esforzada por el bien de sus descendientes, y a salvo de la neblina del cacareo que caracteriza a la ociosa alta sociedad, sucumbe sin embargo al placer del juego, y es advertida, espoleada y abandonada por Aleksei, que expone la facilidad de la hipocresía, pero no con ella una falta de amor o de moral. Desvela por tanto la vanidad de la reflexión humana contaminada, alejada ya de la prudencia aun antes de tomar conciencia del problema y su magnitud: “Esto no me ocurirá a mi”.

Sin embargo, además de la crítica intimista y filosófica, tiznada por el existencialismo, el relato parece contener radiografía poco velada a los caracteres del ser humano, entroncada en los personajes que no provienen de la madre Rusia, y que quizá en su día, pero no hoy, podrían efectivamente relacionarse con ciertas suspicacias intra-europeas:

Los ingleses, representados por Mr Astley, son educados, comedidos y confiables, sin embargo dejan poco espacio a la expresión de la pasión, son rocas desnudas, igual de firmes e igual de abrasivas.  Y son, en su representación del juicio ruso – el humano universal por lo comentado-, personas dignas de respeto.

Los franceses, representados por Des Grieux y madam Blanche, son la perfección estética, y sufren la enfermedad de espíritu que esto apareja. Mejor que mi descripción es la palabra de Aleksei y Dostoyevski, que en la cita que dispongo a continuación parece llamar a gritos, al menos en mi recuerdo, a aquel “Discurso sobre las ciencias y las artes” del filósofo ilustrado Jean Jaques Rousseau, y su inteligente perspicacia ante un mal que aun atenaza al mundo, y acaso lo haga siempre.

“El francés… es una forma bella, perfecta. Usted, como británico, puede no estar conforme con este aserto; yo como ruso, tampoco lo estoy, aunque quizá por envidia, pero nuestras damas pueden opinar de manera muy distinta. ~ La forma natural del francés, es decir, del parisiense, adquirió su finura cuando nosotros éramos osos todavía. La revolución fue heredera de la aristocracia. Hoy día el francés mas vulgar tiene maneras, expresiones y hasta ideas del mayor refinamiento, sin que haya contribuido a ello ni con su iniciativa, ni con su espíritu, ni con su corazón; todo ello lo tiene por herencia. En si mismos, los franceses pueden ser fatuos e infames hasta mas no poder…  ~  [Des Grieux] presentándose en un papel cualquier, presentándose enmascarado, puede conquistar su corazón [de Polina] con facilidad extraordinaria; posee una forma refinada, y la señorita creerá que esa forma es la índole real del caballero, la forma natural de su ser y su sentir, y no la tomará por un disfraz que ha adquirido por herencia.”

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