Encomio a la violencia menor

Es posible que el título del artículo le haya atraído aquí con indignación furiosa, y podría criticar que su estado de ánimo es ahora perfectamente apto para la violencia, pero lo cierto es que no es así:

La violencia tiene su propia historia y tradiciones, un origen natural y animal, y si ha sido estigmatizada en sociedad por su asociación con la ira, que motiva una utilización de ésta que conduce al sufrimiento individual, propio y ajeno, a la tragedia de la guerra, y a pobres y traumáticos resultados en la educación de los infantes. Creo que podemos estar de acuerdo en que  estos efectos no son nada deseables, ahora bien, ¿esta toda violencia física fuera de lugar en nuestra sociedad?. Yo diría que no.

Sinceramente, en ocasiones he deseado que alguien me cruzase la cara con todas sus fuerzas, normalmente porque creía, no solo merecerlo, sino que resultaría apropiado para fijar en mí la lección aprendida. Hablo por supuesto desde un punto de vista subjetivo, y que refiere en todo momento a mi vida adulta, pero que cuenta además con la sospecha de que el azotador hubiese recibido un asueto psicológico considerable.

A veces “un par de hostias” pueden hacer que un sujeto se replante muchas cosas:  En primer lugar, la seguridad del púlpito socialmente blindado desde el que cualquiera puede arrojar multitud de palabras hirientes para aquellos que han sufrido, quizá por las consecuencias de esa violencia física guiada por la ira y la sinrazón, se tambalearía (y se que el cabal sabrá diferenciar entre la libertad de expresión y el abuso de esta). Si pensamos a fondo en esto vemos que muchos “boca-chancla” que escupen en los medios por dinero, y en la calle y la red por placer, probablemente se pensarían dos veces si prorrumpir en absurdos por mero espectáculo,  sabiendo que los heridos por sus palabras, en razón y corazón, van a venir a cruzarle la cara mientras está en el parque con sus hijos, o mientras se vanagloria de su fama en la terraza de una cafetería. Puede sonar a chiste, pero posiblemente la permisividad de una violencia física menor ayudase a depurar los usos y costumbres, las formas a fin de cuentas, y enseñase el valor del silencio a nuestra ciudadanía.

El daño, lo que viene siendo el dolor y la semana de rojiza marca en la tez, podrían marcar la diferencia entre el nivel de atención hacia un interlocutor y sus palabras; entre el escuchar algo y ni planteárselo seriamente a la vista de la etiqueta que cuelga del discurso (azul, roja, y un cada vez mas corto, etcétera), y la reflexión profunda. Normalmente, si alguien te cruza la cara, te planteas si es posible que hayas incurrido en un error, en una postura hiriente e inmadura, y si quizá no has tenido oídos para algo realmente importante. En definitiva, puede provocar el aumento de la atención por la auto crítica.  Algo me dice que si defender una postura supone el valor de encajar algún que otro golpe, la palabra fácil y vacía se separa de la honrada como la paja del grano en cada horcada de labriego.

Todo este tinglado, ese mundo imaginario en el que un bofetón en público no es suficiente para una acusación por agresión, tiene un problema importante, que rápidamente los “boca-chancla”, los irreflexivos y los charlatanes, serían sustituidos por el “manos-largas”, que perderían manos de abofetear sin mesura y aun después exigirían pensión por invalidez. Y es que el ser humano bien sabe apurar al máximo la libertad de la que goza, cuando se trata de crear herida o crispación interesada.

Ahora, hagamos sin embargo un experimento: en adelante, quizá solo por un tiempo, piense en todo aquel con quien intercambie opiniones, con quien debata, o con quien tenga un desacuerdo, en alguien capaz de cruzarle la cara a la menor hiriente estupidez de su discurso, y piense en si ello tiene algo que ver con su recién ampliada prudencia de palabra. A la vez, piense en lo dicho aquí, y si se ha sentido herido, o ha sentido la punzada de lo absurdo emanando de mis palabras, venga con permiso expreso a abofetearme en cuanto le sea posible. Le permito incorporarme a este hipotético mundo y golpearme en resarcimiento por el daño que pueda haberle ocasionado tanto este artículo, como cualquiera otro pasado, ahora bien, avíseme previamente para que pueda salvar mis gafas, porque aunque no me molesta en absoluto que se me acuse físicamente de charlatán,  mi cartera no está tan repleta como la de uno.

Nota:       Créanlo, queridos lectores, ya hay quien se frota las manos…   y si son muchos me plantearé renunciar a mi opinión.

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