Alegría por pies sucios

Es porque el contacto del frió fango es lo mas parecido a sentirse vivo, por lo que un corazón de cerdo se siente en nuestro pecho como en casa. Pensándolo creo que un día me engañaron o me engañé, porque pensar en el blanco de la publicitada lejía me punzaba, y he resuelto resolver que un utópico reflejo, insanamente proyectado en la forma que damos al mundo, solo puede hacernos daño, porque somos, queramos o no, una frágil y sucia forma de vida.

No soy guapo, ni listo, ni fuerte, si aun guardan sentido estos conceptos. No soy un tiburón, si acaso existen, y siempre me he sentido un perro, quizá el mas mediano y greñudo de entre los que tienen hambre, dientes rotos y pelaje canoso. Diría que de niños caminamos con la confianza que demuestra el pecho descubierto con el que nacemos, y aunque tras las primeras heridas nos hacemos con una buena coraza, pronto nos deshacemos de ella cuando dolor y magulladuras se hacen necesarios para recordar qué somos. Así que el que llega a viejo hombre, pasa por hombre malherido, y nadie merece mas que él los honores de “guerrero protector del reino”. Más, inexplicablemente, el mundo intenta ser una corte lujosa para canes que osaron soñar su perdición.

Sinceramente, empiezo a cogerle el gusto al reposo en el sofa de la imperfección: a quitarme los zapatos y caminar sobre un firme caliente y algo punzante, a sentir frío en el torso y niebla en la mirada. Desde entonces me siento mucho mas feliz: ya no espero nada de la corte, de palacio, ni de ociosos vicios a los que complacer, sino que espero solo mi caseta fresca, mi sombra y mi rancho, amen del placer que supone buscar todo ello por mi mismo y vagamundear en la oscuridad buscando nuevas punzadas para el costado; y aunque en ocasiones me alzo a dos patas, recordar que es tan solo por vanidad me devuelve feliz a mi mundo, tan lejano al de los dioses. Porque ya no creo en mi más que para seguir adelante es por lo que no puedo sentirme de un triste universal; porque aceptando que soy imperfecto, frágil y lo suficiente estúpido como para sentir en mi pie desnudo la misma piedra varias veces, es que por fin imgaino tornar el árido y polvoriento camino en un sucio y húmedo paraíso.

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