El Jean-Jacques Rousseau más actual

La ilustración, aclamada como el siglo de las luces, es uno de los que podemos considerar como periodos históricos más relevantes para nuestra realidad socio-política, así como para el estado de nuestras ciencias y estudios reflexivos en la actualidad. En esta pródiga época de la reflexión y la intelectualidad surge la figura del filósofo y músico Jean-Jaques Rousseau, que bebiendo de la ilustración inaugura el camino hacía un pensamiento que tendrá una interpretación en dos vertientes: una como germen del romanticismo, primero alemán y mas tarde francés, y otra como referente del pensamiento jacobino, por tanto revolucionario de la Francia del S. XVIII.

La obra a estudiar en esta ocasión  el “Discurso de las ciencias y las artes” (1750), supone una autentica revolución en la trayectoria del autor, ilumina lo que una vez maduro será la concepción rousseauniana del hombre natural; contiene lo que será en síntesis la problemática moral que mas tarde intentará resolver en su estudio sobre el espíritu de las artes y los pueblos, y con su teoría del contrato social. En definitiva, y por esto mi interés,  este es el texto de Rousseau a considerar de mas rabiosa actualidad; y creo que la lectura de esta entrada que intenta de sintetizar el contenido del texto acercándose a la figura del autor, provocará el surgimiento de infinidad de relaciones con nuestra coyuntura político-social, y quizá estimule la imaginación para posibles soluciones.

Se cuenta, de manera anecdótica, que Jean-Jaques Rousseau tuvo una suerte de revelación cuando, recorriendo el camino de Vincennes con la intención de visitar en la prisión a su amigo Diderot, (importante intelectual que junto a D’Alambert fue el principal precursor de “L’Encyclopédie”, para la que Rousseau escribió varios artículos sobre música) leyó en el diario “Mercure de France”, que L`académie de Dijon convocaba un concurso de ensayo para responder a la pregunta: “¿Ha contribuido el progreso de las ciencias y las artes a depurar o a corromper las costumbres y la moral?”, decidiéndose inmediatamente a participar, a sabiendas de que su artículo iba a despertar animadversión entre los intelectuales ilustrados, tan agradecidos de sus virtudes.

Este ensayo, y por lo dicho anteriormente sobre el origen de la idea germen, tenía una finalidad orientada al ámbito de la moral y la forma socio-política, sin embargo se adentra, quizá sin pretenderlo, en el ámbito de la antropología y la ontología, teniendo un alcance imprevisto en la propia reflexión del autor, así como en su repercusión.

En este ensayo, Rousseau decide arriesgar y optar por la respuesta que menos cabe esperar en la época ilustrada, el no. La defensa de que las artes y las ciencias, en su modo actual, han contribuido mas a corromper que ha depurar las virtudes y costumbres humanas.

En su primera parte, Rousseau explica que la sociedad, al igual que el hombre, tiene una parte de si que es esencial y otras que no, unas que son su fundamento y otras que son su atavío, de manera que en ocasiones los atavíos sirven para ocultar las disfuncionalidades sociales. De esta manera actuarían según este texto las artes y las ciencias en su modo contemporáneo, frente a la persecución social de virtudes y justicia. Rousseau describirá la virtud del hombre natural, aquel que rechaza todo atavío artificioso que no le es más que una molestia en la consecución de sus fines naturales, frente a una ociosa trivialización de la convivencia que inaugura el arte de la apariencia para el trato, el beneficio y el comercio, a lo que las artes y las ciencias han contribuido en calidad de componentes de la vanidad de los hombres. Todo esto influye negativamente en la comunicación humana, y en la forma en la que las pasiones son permeables y reconocibles a los otros; el hombre natural, dirá Rousseau, carece quizá de tanto tacto y desconoce la retórica, pero su comunicación no deja sitio, no ya solo al engaño interesado, sino tampoco a la confusión. En conclusión, las artes suponen las herramientas del interés que vilipendian la moralidad social, que inauguran el individualismo, y que hacen caer las grandes civilizaciones.  Tras exponer la tesis y argumentarla de esta manera, recurre a una serie de ejemplos:

 “Hemos visto desvanecerse la virtud a medida que la luz de las artes y  ciencias se alzaba sobre nuestro horizonte, y el mismo fenómeno se ha observado en todos los tiempos y en todos los lugares.”

Aquí nombrará y desarrollará ligeramente los motivos del auge y posterior declive, a raíz del perfeccionamiento de las artes y las ciencias, de varias civilizaciones históricas: Egipcia, griega antigua, romana o persa. Así como realiza un encomio a la sencillez de otras cultura o civilizaciones que han triunfado históricamente en el campo del dominio y la expansión, tales como la propia Grecia y su resistencia frente a Asia, la época de conquista romana, la civilización germana y nórdica, o la persistencia y estabilidad de la polis espartana.

Respecto a esta parte, mi valoración discurre en acuerdo a la valoración de Rousseau con respecto a que las artes y las ciencias desarrollan una riqueza cultural que genera interiormente intereses, competencias, juicios y un largo etcétera que daña la moral; y esto es porqué  inaugura y exagera el individualismo interno de una sociedad, que deja de identificarse con la propia cultura y deshace su cohesión. Quizá la apreciación de este fenómeno descrito como individualismo estaba fuera del alcance de Rousseau durante la ilustración, y sin embargo me parece que su valoración negativa de las ciencias y las artes puede tener precisamente esta concreción, debido a que más adelante dará también a las artes y las ciencias el carácter de clave para la salvación social. No se trata en su opinión del desarrollo de las artes y las ciencias en si mismo, sino del modo en el que la sociedad permite que esto suceda, y como se crea alrededor de las ciencias unas artes una influencia que evita que crezcan de manera recta; de igual manera valora también como la salvación social pasa por recuperar las artes dese la sensibilidad salvaje y natural, poniendo desde esta perspectiva los límites adecuados para preservar la moralidad del mal intrínseco de la sociedad en avance. Esta es quizá la clave para considerar al ginebrino el germen del romanticismo alemán.

 “Todo artista quiere ser aplaudido. Los elogios de sus compañeros son la parte más preciosa de su recompensa. ¿Pero, que hará para obtenerlos, si tiene la desgracia de haber nacido entre una gente y en unos tiempos en que los sabios de moda han puesto a una juventud frívola en situación de dar el tono; en que los hombres han sacrificado sus gustos a los tiranos de sus libertad; en que porque uno de los sexos no se atreve a aprobar mas que los que se adecua a la pusilanimidad del otro, se da de lado a obras maestras de la poesía y hay prodigios de armonía que se ven rechazados?”

En la segunda parte del escrito, habiendo presentado y argumentado su tesis, encara la tarea de hacer una crítica directa de la sociedad ilustrada. La crítica que hace aquí a los sabios y técnicos de su época es la de abandonar esa presunción de estatus elevado, argumenta que las ciencias y las artes, fruto de un refinamiento ocioso y agónico, y que tanto se vanaglorian de sí mismas, no han de cambiar al hombre en su naturaleza, en su número o en su gobierno; es decir, tienen que ocupar el lugar social de un mero ocio, y no rodearse del lujo que acompaña una excelencia auto-concedida que Rousseau no reconoce.  Mediante el ataque a este lujo entra de lleno en la cuestión monetaria: “Con dinero se tiene todo, si, excepto costumbres y ciudadanos” El interés por el poder del dinero divide al sociedad en la avaricia que impide una cohesión por fines comunes, por lo que la sociedad se ha detenido, y por tanto su declive, dirá Rousseau tras echar un vistazo a la historia, está próximo y probablemente ligado a la rendición ante un pueblo más pobre y mas unido.

 “La disolución de las costumbres, consecuencia inevitable del lujo, acarrea a su vez la corrupción del gusto” Rousseau trata aquí de trasladar el mal monetario a la producción artística y científica en sí misma, esgrimiendo la necesidad de recuperar la pureza de sus búsquedas, ya que la sociedad ilustrada no cuenta con autores o sabios que no estudien bajo la óptica del interés de un patrocinio.

A su vez criticará como el estudio de las ciencias y las artes separa a gran parte de la población de la formación en áreas realmente importantes para una sociedad: por un lado la formación bélica, quizá algo menos importante en nuestro tiempo, y por otro la relevante educación moral, cuya escasez hemos heredado hasta nuestros días. Moral que lejos de la excelencia pretendida por las artes y las ciencias, inclusive, como destaca Rousseau, en el estudio ilustrado de la filosofía, es más necesaria para la construcción de una sociedad desde su base individual, los ciudadanos.

 “Tenemos físicos, geómetras, químicos, astrónomos, poetas, músicos, pintores; no tenemos ya ciudadanos; o si todavía nos quedan, dispersos por nuestras campiñas abandonadas, perecen en ellas indigentes y despreciados. Tal es el estado al que se ven reducidos, tales los sentimientos que de nosotros obtienen aquellos que nos dan el pan, y que dan leche a nuestros hijos”

Para finalizar, Rousseau calma su tono intentando marcar una dirección, que desarrollará más adelante, por la cual poder mejorar el carácter de la sociedad ilustrada,  descartando la opción, desde luego, del retorno a un estado de naturaleza social. Por un lado concede a las mismas artes y ciencias corruptoras de la sociedad un papel de bálsamo, el papel de la distracción ociosa para que las personas de corrupta moral, que no puede devolverse a un estado anterior, se mantengan ocupados en naderías y no desarrollen iniciativas que corrompan a generaciones que aun son puras; y por otro lado inaugura la concepción de la educación estética, que desarrollará algo más en su faceta de filósofo de la música, la que considera primera de las bellas artes, y será la verdadera puerta al romanticismo. Trasladando a este movimiento la idea de que una educación por el gusto es la inculcación de la idea de armonía y naturalidad que el hombre debe extrapolar a la vida social, por lo que la estética, sin poder sustituir a la moral, puede en su opinión favorecerla.

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