La senda hacia la nueva esclavitud

Hace unos días se presentaban las claves de la Reforma laboral que va a acometer el nuevo ejecutivo con la intención, dice, de solventar progresivamente la grave situación de paro en nuestro país, haciendo especial hincapié en los jóvenes y los parados de larga duración. Sin embargo, a pesar de la polémica que suscita el hecho de que las medidas no parecen tener el alcance que algunos esperaban de ellas aun a cambio de ciertos sacrificios, pareciese que el verdadero objetivo es, simplemente, favorecer una transición hacia un liberalismo económico voraz; pero ahora, alejándose del subterfugio habitual, institucionalizado.

Busquemos el origen de esta senda rastreando ciertos conceptos generales: El liberalismo económico es un ideario que busca la menor intromisión del estado en la economía, esta tradición proviene de un ideal que pretendió ser ilustrado en cuanto al encomiable reclamo de la igualdad política de todas las personas, su dignidad, y la retribución y reconocimiento de la excelencia. Según esto, una consecuencia de liberalismo ilustrado es que tras la supresión de la coacción política que gestionaba las relaciones de poder entre las personas y estamentaba la sociedad, el poder buscó inevitablemente las rendijas por las que filtrar su ambición hasta encontrar el gran canal de la economía, haciendo entonces surgir la relación: “si tiene dinero es excelente y viceversa”; dando así a luz un nuevo orden social y al liberalismo económico.

Partiendo de esta base pronto surgen críticas al sistema y su univoca y bidireccional relación, que condiciona que la posibilidad de la excelencia esté exclusivamente en manos de los apoderados. Para evitar esto en la nueva lucha de clases (o lucha de nuevas clases), en la que éstas han cambiado en la misma medida que las razón prima facie del orden social, surge el concepto de justicia social, imposible de garantizar sin la intervención del estado en la economía. De esta manera, cuando el liberalismo económico ha visto recortada en la práctica su radicalidad teórica, busca la manera de mantener sus intereses, y sobreponiéndose a la legitimidad de la comprensión social de la necesidad de la intervención estatal, los apoderados (con el doble sentido de la palabra) comienzan a controlar el poder político. Pero esto no es nuevo, de hecho podemos decir con justicia que son ideas del siglo pasado; sin embargo, siguiendo el aroma de los mismos suculentos intereses, el tiempo parece dejar entrever una nueva estrategia que sobre las bases establecidas resulta ilegítima, pero en un terreno, la lucha de poder, en el que legítimo es un término por completo vacío, al igual que cualquier base.

Para proseguir veo necesario traer a Kant, de manera tangencial, recordando como aquel idealismo de sus textos “Escrito para la paz perpetua” e “Idea para una historia universal en clave cosmopolita” vehicula el ideal ilustrado en el nivel de relaciones entre naciones mediante la idea de la creación de una federación de estados soberanos. La descripción de estos estados y la realidad de la época, hacían que Kant fuese muy escéptico en cuanto a la posibilidad de mantener unas relaciones en base a las normas explicitadas en sus escritos, dentro de una federación de este tipo que además, resultase perdurable. Sin embargo, con el tiempo y diversos errores, deficiencias prácticas y crueles herencias, hemos conseguido algo parecido, a lo que llamamos Europa. Y este experimento práctico da además la misma importancia que daba Kant al comercio y la economía para la expansión del respeto de las otras culturas, ese cosmopolitismo que falsamente enarbolamos, pero por el cual hemos renunciado a la completa soberanía de los estados. Es decir, haciendo caso omiso a las advertencias de Kant, hemos sobrepasado el estado de federación hasta una práctica mas parecida al de un estado federal, por lo que el poder político se ha centralizado, diluyendo aun mas el valor del individuo y su voto o representación, hasta un nivel de desconexión social que hace que la palabra “democracia” de nuestras constituciones sea un mero adorno kitch.

Como vemos, parece que a la práctica, coacciones mediante, la política Europea representa una pirámide que, al alzar los ojos, esperamos ver cortada por un plano de igualdad en las relaciones de los estados, pero que al final se alza majestuosa hasta su cumbre Alemana. Y uno intenta recordar y piensa – ¿Donde ha visto antes una estructura piramidal además de en los estados totalitarios…? Hasta que exclama – ¡En el liberalismo económico! De manera que la ilustración que nos traía la libertad, vilipendiada por los mismos mercaderes que en el SXVIII traían el cosmopolitismo en sus barcos y caravanas, nos ata ahora en corto una soga al cuello.

Y ahora parece suceder que un poder sin nombre mueve dos títeres a su antojo: Economía y Política; una merma nuestras posibilidades, y la otra nuestros derechos, en la promesa eternamente incumplida de devolvernos las primeras, y de esta manera desciende una escala que parece conducir a la esclavitud que no hace tanto abolimos. Una esclavitud que ninguna ley puede castigar, pues sus cadenas son palabras como déficit, deuda soberana o crédito… y que nos obligan a sufrir porque, al parecer, es tan necesario en la nueva Grecia de la nueva Europa, como lo era para los esclavos de la Antigua Grecia.

 

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