Escrito para la guerra de clases perpetua

Fue leyendo aquella obra de Kant: “Escrito para la paz perpetua” (1795), la cual fue concebida por el autor con una pretensión jurídica e institucional a juzgar por su formulación articulada, que no pude evitar pensar en la eterna lucha de clases en la que me siento perdedor, y en la relación de este texto con la bélicas conclusiones de Marx.

El original kantiano  intenta dar cuenta de unas normas o preceptos que, de ser respetados, conseguirían una comunidad de estados soberanos e independientes con los medios necesarios para gestionar los conflictos de manera pacífica. La obra tiene una estructura peculiar, sin embargo para esta entrada me interesa principalmente la “Sección I”, que consta de seis artículos formulados de manera negativa, es decir, no son preceptos a seguir, sino formas de acción o actitudes que son completamente incompatibles con la paz perpetua.

Analizando algunos artículos de entre estos, pues no todos son extrapolables a la lucha de clases, encontramos que quizá estamos mas perdidos de lo que esperabamos, y que quizá la lucha de clases es una guerra en la que no cabe esperanza de paz. Empecemos:

Artículo 1:  “No debe considerarse válido ningun tratado de paz que se haya firmado sobre la reserva secreta de alguna causa de guerra en el furturo”

Imaginación mediante, uno no puede evitar recordar la paz de las burbujas, perfectamente calculada con toda probabilidad por las élites económicas. Creo que podemos decir con justicia que en la actualidad y durante todo el siglo XX, la lucha de clases ha tenido un frente importante en el trato del ciudadano con los bancos, y es curioso como siendo el “estado natural” de esta relación normalmente de hostilidad, igual que lo sería la relación necesaria en una guerra en la que los combatientes tienen intereses y medios diferentes, la vemos cambiar partiendo de la actitud de las entidades de usura institucional: en “estado natural” el banco va a mirar todos tus ingresos y condiciones antes de prestarte un porcentaje inferior al 80% del capital que necesites para tu proyecto, y el solicitante va a morder y arañar para conseguir un interés lo mas bajo posible intentando desentrañar la niebla de los números, los plazos y las siglas. Sin embargo en época de burbuja, de artificial y artificiosa bonanza económica, el banco parece pacífico, sonriente revisa menos de lo habitual, y te presta hasta el 120% del capital necesario. De esta manera construye la circunstancia que causará un conflicto futurible que terminará en embargo.

Artículo 2:  “Ningún estado podrá ser adquirido por otro mediante compra, permuta o donación. Esto se fundamenta en que el estado es una sociedad de hombres sobre la que nadie mas que ella puede gobernar, no es patrimonio.”

Aquí el estado podría ser, desde una empresa, hasta el capital derivado del trabajo de cualquier ciudadano, un producto, un patrimonio que se gestiona como tal, pero que tiene una influencia directa en la vida de las personas, modificando su valor, que no su precio. Este artículo de Kant es a la postre aquel: “Tratar a las personas como fines y no como medios” pero aplicado a la política internacional, por lo que aquí bien puede volver a adaptarse a la pequeña escala para la que fue postulado en un principio, dando como resultado una clara visión del mercado de personas y de su trabajo; en el capítalismo voraz “eres el precio de mercado de tu trabajo”.

Como estos dos, también el articulo numero cinco sería adaptable, y si a alguien le interesa creo que una lectura de la obra con esta idea de relación en la cabeza os hará concluir mucho mas de lo que meramente dispongo en esta entrada. Sin embargo veo necesario explicitar la proyección del artículo sexto sobre esta idea de la lucha de clases, pues es la que me hace concluir que la paz perpetua de clases es imposible.

Artículo 6:  “Ningún estado en guerra debe permitirse tales hostilidades que imposibiliten la confianza mutua en la paz futura: Como el empleo en el otro Estado de asesinos y envenenadores, asi como el quebrantamiento de la capitulación, y la inducción a la traición”

Y aquí esta el gran monstruo negro, el rencor: la guerra es tan larga y tan cruda, que no cabe la paz futurible porque ya no cabe la confianza. La institucionalización del capitalismo se ha cobrado vidas, pues ha luchado encarnizadamente contra el derecho a la asistencia sanitaria gratuita, con las consecuencias que eso tiene; de igual manera podemos decir que enunciar “la inducción a la traición” se queda corto, pues de hecho se nos ha hecho plantearnos que no hay guerra, y que la pobreza es casualidad, o viene provocada por cualquier razón ajena a un poder unificado.

Mi conclusión es que no hay confianza ni la habrá, todos atacamos y nos defendemos: un empresario intenta aquí arrebatar días de libre disposición y ejecutar EREs a la menor posibilidad, de igual manera el trabajador allá intenta escaquearse todo lo que puede y asegurarse una buena provisión de bolígrafos Bic provenientes de la oficina. La industria y la economía controlan la política para institucionalizar los puntos de peaje del ciudadano, sean estos justos o no, y los ciudadanos intentan saltarlos, evasión de impuestos, piratería cultural, ocupación de casas deshabitadas y de propiedades institucionales abandonadas, etc …  La reacción a aquella acción, y la reacción a esta, la perdida de inocencia de la guerra, la infinidad de crímenes contra la honradez y la coherencia legitimada por un opresión subjetivamente acentuada que no tiene solución. Pues siendo sincero, ver el sinsentido de esto no hace que estés fuera de esta guerra atroz que solo consigue generar odio hacia todo en los de posturas mas simplistas, y odio hacia uno mismo, además,  en los que reflexionan mas allá. Y la gran condena es que tarde o temprano todos escogemos nuestro bando y luchamos, a veces en ambos, aunque todo sea un absurdo sinsentido, y aquel estado natural del hombre al que originalmente se refería el propio Kant, solo ha desplazado sus medios de coacción tras una cortina en la que se lee “estado de derecho”, pero que no cumple con las condiciones que el filósofo daba, para esta condición, por necesarias.

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