Felicidad, progreso y consumo

No es una idea nueva, aunque si recientemente constatada sociológicamente, que el progreso de las sociedades burguesas, la adquisición, siempre creciente, de multitud de comodidades, dependientes de la capacidad de consumo de los sujetos económicos (pues para algunos sectores, empresas e individuos el resto no somos mas que bolsas de dinero andante) no está directamente relacionada con la felicidad, sino que, en gran medida, nos aleja de ella. Y esto tira por tierra todo lo que muchos han asumido sobre el sentido de la vida: que ser feliz supone comerse el mundo.

Releyendo “El Banquete” de Platón, sus palabras me sugieren que los argumentos de Socrates con respecto al amor conforman una estructura que afecta a la felicidad. Pues el amor , en sus palabras, no es bueno ni bello en si mismo, sino que es deseo de esa bondad y esa belleza ideal que caracteriza el pensamiento platónico, y que se podría extrapolar, abandonado la vertiente del amor de pareja, a la felicidad personal. La felicidad, por tanto, sería un bien mayor al que nos dirige un deseo, el deseo natural de la felicidad, que quizá se podría llamar, sencillamente, el amor a la vida. Sin embargo el deso puro o directo es inexistente, y lo que se desea son los medios para alcanzar la felicidad.

En las sociedades actuales, el progreso nos hace, por un lado, contar con garantías, derechos y posibilidades que ya no valoramos, y nos impone, a la postre, un camino hacia la felicidad que pasa por el consumo: Pues el bienestar físico pasa, en muchos casos, por poder permitirse económicamente, al igual que el mental, y de igual manera el tiempo y el ocio. La capacidad de consumo, se alza no solo a posesiones materiales, sino también a tu forma de vida; por ello una forma de vida que escojamos hoy en día como camino a la felicidad en sociedad, necesita de manera univoca contar con unos medios económicos, y para conseguirlos, nos vemos involucrados en los sitemas de producción que nos alejan, precisamente, del estilo de vida que deseabamos, por lo que el concepto de felicidad se ha transformado en bienestar familiar entre las 5 de la tarde y las 8 de la mañana, o/y como una utopía que ocupa nuestros sueños en una mirada alzada hasta la edad de jubilación.

Una vez inmersos en la sociedad de producción, y asimilada la ilusoria asociación de bienestar con felicidad, los medios para obtener el bienestar son comodidades materiales para nosotros y nuestros allegados, así como garantías de salud y, curiosamente y en gran medida, prevención y solución de problemas y sindromes provocados precisamente por estar inmersos en una sociedad de consumo, de rápida información, y de sistemas de producción abusibos y necesarios solo en base a este autoconclusivo y gran castillo de naipes que es el concepto de bienestar.

Por ello, es necesario un nuevo paradigma de sociedades que parta desde un nuevo paradigma de felicidad. Abandonar la ilusoria asociación entre felicidad y bienestar nos descubrirá que el hombre goza naturalmente de cierto bienestar, y aunque es necesario trabajar en servicios de salud y cuidado, no lo es trabajar en servicios de consumo, no hay que trabajar para conseguir un bienestar que tendremos simplemente alimentando el “trabajo del ocio” (concepto de Russell). El trabajo de cada dia en fabricas, talleres u oficinas no es mas que el esfuerzo por recuperar lo que el mismo trabajo nos hizo perder. Y esto es algo que da que pensar, y que una vez inmersos tiene dificil solución, que desde luego no será drastica, pero variar nuestro horizonte vairará nuestro camino, y en la misma medida, nuestra menra de recorrerlo. Quizá aquí se encuentre una estructuras mínimamente detallada de un camino social hacia la felicidad, quizá solo otro engaño del hombre ante su anhelo inherente, pero me gustaría poder afirmar que es esto y no el crecimiento económico y tecnológico, lo que da sentido al termino progreso.

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One response to “Felicidad, progreso y consumo

  • marionaral

    buena reflexión. Como dices, no es nueva, y creo que por eso desde hace medio siglo se han puesto de moda los “ismos”: ecologismo, budismo, feminismo, etc: es decir, ciertos ideales de vida por los cuales “luchar”. Me parece que es un claro símbolo de que a las personas no les basta lo que un mero sistema de consumo tiene que ofrecerles; todos estamos llamados a darle cierto sentido a la vida y a la existencia, saber por qué hacemos las cosas más allá de la supervivencia. Es muy palpable este anhelo en aquellos que ya han alcanzado lo que supuestamente es el “sueño occidental”: belleza, fama y dinero: ¿cuantos famosos han acabado destrozando sus vidas personales por adicciones al alcohol y a las drogas, acumulando divorcios, etc? Y supuestamente lo tienen todo. Y, sin embargo, hay gente que con muy poco (como lo suelen ser los monjes de cualquier religión) o simplemente dándose a los demás (voluntarios en ayuda humanitaria, médicos, profesores o “simples” amas de casa) llevan una vida plena y tienen una gran paz interior.

    Ahora bien, eso no significa que, en sí mismo, producir y comercializar sea malo. Siempre habrá un “mercado”, y creo que es más bien la educación y la cultura de las personas que lo conforman los que marcan la pauta. Si todas las personas fueran como yo, habría producción, por supuesto: se venderían raquetas de paddel, chocolate, patines, obras de arte, libros, música, muebles, ropa, chuches, más chocolate, etc. Habría comercio, y está muy bien, porque estamos llamados a “hacer cosas”, cada uno a hacer una diferente: unos escribir, otros diseñar, otros inventar, otros curar, etc. No está mal el intercambio de bienes, lo que está mal es una sociedad sin valores y sin horizontes claros de sentido 🙂

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