La otra leyenda del samurai: Del honor a la paz.

Gracias a un gran amigo, empiezo a introducirme en los clásicos de la literatura nipona a través del primer volumen de “Musashi : La leyenda del samurai” escrito por Eiji Yoshikawa, y habiendo leído previa y únicamente el oportuno “Libro de los cinco anillos” del propio Miyamoto Musashi. La poética que entona la obra de Yoshikawa es sin duda sublime, oportuna y comedida para expresar una belleza cruel y, destacando especialmente, una sensibilidad única y difícil de comprender desde el punto de vista occidental. En una proxima entrada me propongo reseñar el conjunto de la obra “Musashi” con mayor extensión y dedicación, pues así parece merecerlo, y aunque me tienta el comenzar a expresar mi experiencia de tan grata lectura ahora mismo, me abstendré prudentemente hasta terminar de leer la obra completa en sus tres volumenes (Edición Europea), y dedicaré esta entrada a lo que en principio pensé, una reflexión sobre una cita de la obra que sin duda llama la atención de un pensador:

“Para los samurais de la época* lo mas importante era el honor; el hincapié que hacía la clase guerrera en el honor personal era respetado igualmente por campesinos y ciudadanos, y jugaba un papel en el mantenimiento de la paz. Un consenso general sobre lo que era o no era una conducta honorable posibilitaba que la gente se gobernara a si misma aun en ausencia de unas leyes apropiadas.” Ref: “Musashi I: La leyenda del samurai” – Eiji Yoshikawa

* : Periodo Azuchi-Momoyama, tras la batalla de Sekigahara que puso fin a la era Sengoku e inauguró la era Tokugawa, caracterizada por una joven e inestable unificación de Japón.

La cuestión es, por tanto, la relación entre el sentimiento de honor, su forma necesariamente consensuada en sociedad que es a la vez sentida de manera individual, y que posibilita el gobierno interior aun en ausencia de leyes, de desplazamiento de la coacción a una forma estado, y en definitiva, de un contrato social. Es la panorámica del gobierno interno frente al externo, de la necesidad del ultimo solo en la misma medida que el primero es imperfecto y, a pesar de todas su virtudes, subjetivo en alguna medida.

La reflexión sobre esta cita me lleva a pensar que el honor podría ser, en efecto, el modo en que las gentes se auto-gobiernen, pues por norma general para que en una disputa, el honor de las personas, familias, clanes o sociedades sea protegido, se debe preservar la vida humana (al menos si intentamos conjugar estos conceptos en una sociedad actual). Sin embargo esta concepción tiene muchos flecos, el honor en sociedad es una “cualidad” y “preciado bien” de carácter público, y por tanto no es lo que se hace sino lo que parece suceder, lo que a la postre determina el estado del honor ante una disputa, por lo que para nada es el honor como concepto un garante de paz social. No al menos sin acompañarlo de su gemelo interno, el orgullo. Cuando el honor tiene su base en el orgullo, y por orgullo entendemos no la soberbia, por supuesto, sino el equilibrio entre el sano regocijo por el trabajo bien hecho y la crítica constante con sincero afán de continua mejora y perfeccionamiento. Sin embargo, una pobre concepción social del honor puede con facilidad corromper el orgullo como sentir interno; al criarse cada individuo en sociedad nutre su concepción de orgullo de la conepción publica del honor, y por tanto ambos conceptos se co-implican, y lo hacen sin duda en un terreno de juego moral. Son por tanto conceptos que se integran en estructuras morales intentando dar comprensión y racionalización practica a la raíz sintiente de toda moral.

Una reflexión hermenéutica personal me dice que hay dos fuerzas que atenazan a un concepto dual como el de honor/orgullo, por una parte el individualismo moderno tira hacía el relativismo de la concepción de lo que es honorable, y probablemente sean pasiones próximas al desequilibrio del orgullo las que ocasionen esto, y por otra el honor como concepto social originado en un ámbito oriental tipicamente holista clama y toma sentido ante un mínimo de consenso social sobre la cuestión hacia el que tiende. Este sería un punto interesante de debate: respecto a la medida en que un concepto dual como este puede ser en extremo útil a pesar de fundir dos sentires que se unifican aun conteniendo caracteres en constante tensión, quizá precisamente ahí se halle su virtud.

Por otro lado, me resulta especialmente llamativo comprobar, a mi juicio, que sin duda el honor/orgullo es un concepto que, al mezclar la importancia social y personal invita a la reflexión con una tensión derivada de carácter teórico-práctico, que afecta a la paz social con tal suficiencia, que la necesidad de la labor coactiva de cualquier estado es directamente proporcional a la imperfección de la forma del honor y el orgullo por parte de sus gentes.

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