>Del tóxico gris.

Desvío la mirada cuando pasa, sus ojos son solo un recuerdo; el más vivo en mi memoria desde entonces. Siento estremecer mi cuerpo cuando cruza la calle, entonces si miro, cobarde e inútil miro. No sabría decir si fue solo por miedo, si mis mentiras fueron solo eso. No hay vuelta atrás.

El sol despunta tras la montaña, la fría noche se desvanece y me alegro de abandonar el letargo, la temperatura permite ahora sobrevivir sin el abrigo de las múltiples mantas bajo las que reposa mi cuerpo, lentamente me desprendo de ellas disfrutando del contacto de mis pies con el frio suelo, mientras dura la búsqueda ciega de mis zapatillas. Estos son los mejores minutos del día, pero tras el fugaz instante de mediocridad, el sufrimiento vuelve, mi cara vuelve a esgrimir “esa” mueca y mi cerebro se reactiva desvelándome en uno instantes la realidad de mi bien más preciado. Niego la razón que me trajo aquí y, tras unos segundos, asumo para que vine. Me obligo a asearme para que nadie lo haga por mí, utilizo la pastilla de jabón que hay en baño común, blanca, inodora e insípida: me lavo las manos, la cara y el cuello y siento que el agua fría es mi horizonte cada mañana. Inmediatamente después me visto con la ropa unisex que me proporciona la institución, lo hago deprisa, retrasarse resulta aquí un gran inconveniente; arrastro los pies fuera del dormitorio. Comienza un nuevo día, y se acabo el tiempo para pensar. Compongo una fila de 10 individuos que, con actitud gris, se afanan en ocupar su lugar sobre la línea; formamos en un patio de alquitrán pintado con nuestro destino y por nuestras propias manos. Desde la segunda posición arrastro mis pasos al ritmo del resto, la monótona rutina de situarse junto a los “voluntarios” del dormitorio tres, y después, como cada mañana desde que puedo recordar, el dormitorio cinco se sitúa a nuestra derecha, pero esta vez hay algo que me hace levantar la vista del suelo, falta uno de sus miembros, el apático muchacho rubio que se sienta a mi lado durante las comidas… me aventuro a pensar, me aventuro a recordar la cara del joven ausente, y como ayer utilizaba su tenedor, con parsimonia, a unos palmos de mi; me aventuro a recordar su muñeca temblorosa y sus lagrimas cayendo sobre la comida.

El significado de su ausencia, aunque impreciso, suscita la idea que mi mente ha barajado desde que llegué. Aquella posibilidad me atormenta cada noche, me impide conciliar el sueño y me hace revolver las mantas, me hace enloquecer.

El “coordinador” de grupo se sitúa frente a nosotros. Su uniforme es negro y sus botas están limpias y brillantes, como cada mañana; el cabello es corto, muy corto, incluso más que el nuestro, y una vez más cubre sus ojos con unas gafas de espejo. Su imagen es la de un soldado redentor, una imagen capaz de bloquear tur razón con solo su voz, terrible y hueca; una imagen que aprendes a temer más que respetar desde el momento en que, sonriente, aparece tras las puertas de la institución. Las oscuras y altas puertas, gruesas como una muralla, que provocan el llanto con el sonido de sus gozones. “Las puertas” que nunca nadie ha querido cruzar.

Con una palabra del pastor el rebaño se mueve, sin quejas, es más, sin sonido alguno. Accedemos al comedor por la puerta principal y cada uno ocupa su asiento. El número, tallado toscamente sobre la madera de los bancos, no deja lugar a dudas. Desde mi asiento percibo de nuevo el hueco que el muchacho rubio ha dejado en la formación, lo peor de estos casos es que no te dejan olvidarlo, no permiten que los huecos del grupo se rellenen, antes formarán un nuevo grupo que suplir bajas, antes muerto que… El insípido alimento matutino es servido rápido y engullido con dificultad, miro mi muñeca y su marca tatuada: M0653, acompaño con la mirada la marca y mi extremidad hasta alcanzar la cuchara, empiezo a comer, molesto. A veces da la impresión que las cucharas se mueven al unisonó, los que llevan mucho tiempo aquí lo consideran mas que una impresión, y pasados unos instantes se escucha ya el regurgitar ahogado de algunos internos. Pasados veinte minutos, tiempo que la desidia contrae en insuficiente para vaciar el plato, el pastor se levanta y hace uso de su silbato, obedecemos.

En el patio el “Conductor Físico” aguarda. Nos observa impasible mientras ocupamos nuestro sitio sobre la línea, de nuevo. Tras formar, nos da instrucciones a gritos, su voz atenaza mis tímpanos y acorta mi cuello con el peso de un martillo del horror, pensar es todo un martirio. Los ejercicios físicos son constantes, correr, saltar, reptar. Disciplina militar, sin derechos ni privilegios, marca nuestra rutina matutina. En los días soleados el espíritu empuja al insalubre cuerpo a correr como si lo hiciese por la libertad, a saltar como si el cielo estuviese a su alcance, y a reptar como la vengadora serpiente que dará su castigo al opresor. En los días oscuros tus pasos pierden la coordinación, tus saltos, inútiles, no te alejan del suelo, reptas retorciéndote como un asqueroso gusano, y tu cuerpo recibe el castigo que el resto de tu razón cree injusto.

Durante la comida recuperas fuerzas, las suficientes como para arrastrar los pies por el polvo o el fango hasta la siguiente actividad. Algunos días cavas, agujeros inútiles que después tapas. Algunos días levantas un muro, que después derribas. Con suerte dibujas, confeccionas cuerdas o tejes. Todo a ritmo de tambor, a ritmo de fusta, a ritmo de llanto.

Hoy ordenan construir un nuevo cobertizo, es un buen día porque tu trabajo no será derribado por tus propias manos. El sol esta alto y limpio, y por un momento pareces libre, dirías que hoy no hay nadie mas libre que tu… El rabillo del ojo me avisa de un movimiento en la lejanía, en la puerta trasera del dormitorio cinco una furgoneta encara su retaguardia contra la misma. Del vehiculo descienden dos hombres ataviados de blanco que entran en la nave. Observo la escena distraído, pero no inmóvil, si dejase de trabajar sentiría el castigo en mis costillas, aquí cuesta pensar. A los pocos minutos la puerta se abre de nuevo, las blanquecinas formas abren la parte posterior de la furgoneta e introducen, segundos después, una camilla sobre la que reposa un cuerpo, enjuto y de corta estatura, cubierto completamente por una manta. Continúo trabajando.

Cuando el sol se marcha, el coordinador nos forma, comenzamos a andar. La rutina te desvela a donde te diriges, en la parte frontal del edificio principal hay un porche, su imagen es agradable; junto a los rosales y las margaritas, su aroma es una delicia, su madera pulida y pintada de blanco parece invitarte a reposar, pero con el tiempo, odias este lugar mas que ningún otro, solo tanto como te odias a ti mismo.

Sin fuerzas, sucio y encorvado. Sin ganas, sin espíritu, abatido. La terapia comienza, ahora que de ti no queda mas que arcilla gris, hedionda y fácil de moldear, ahora abres la boca, saludas y mientes: Buenas noches, me llamo Samuel, soy politoxicómano y tengo la firme intención de desintoxicarme.

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